jueves, 11 de diciembre de 2008

Toca mi barriga y te diré cómo eres


Desde que no me veo los pies, voy con la mirada alta y voy observando otras cosas. Así es como he llegado a clasificar a las personas según su reacción ante mi barrigota (Marcel ya pesa 1,8 kg).

Extremadamente prudentes. Miran pero no tocan. Llegan incluso a agacharse para mirar más de cerca, como si ese gesto fuera a provocar alguna reacción del niño, del tipo saludo o sonrisa o algo así... Pero de tocar, nada. Incluso hasta diciéndolo: “Papa, puedes tocar mi barriga si quieres, no pasa nada”, le pido a mi padre. “Bueno, es que no me atrevo”, contesta él, pero pone la mano encima, aunque tarda medio segundo en retirarla, como si mi barriga ardiera. Cada día que pasa veo más claro a quién me parezco. Y veo claro también que ser extremadamente prudente puede confundirse con un “paso de que estés embarazada, hago ver como que no me he enterado”, cuando en realidad es un “voy a contenerme para no invadir su espacio vital y andar toquiteando esa barriga tan mona todo el día, aunque me muera de ganas”.

Los prudentes normales. Son los que preguntan antes de tocar. Y son la mayoría de casos. Eso sí, sólo lo preguntan la primera vez, luego ya no, ya se dan por enterados de que a la dueña de la barriga no le importa en absoluto y se apuntan al self-service.

Los mecánicos. No preguntan antes de tocar. No tienen por qué ser familiares o amigos íntimos, a veces son conocidos que hace meses que no ves. No se trata de un tema de abuso de confianza, creo más bien que es un acto reflejo: la mayoría de los que tocan sin preguntar retiran la mano enseguida.

Los jetas. Pueden pasarse toda una cena con la mano encima de tu barriga todo el rato, esperando el momento de la patadita, mientras tú intentas zamparte lo que hay en el plato sorteando: 1) la distancia que hay entre la mesa y tú, que cada vez es más larga; y 2) la mano que hay encima de tu barriga, que corre el riesgo de acabar manchada de aceite, tomate, olivas... (en función del menú del momento). Evidentemente, una persona que antepone una barriga ajena a su propia comida (porque no se puede cortar el entrecot con una sola mano) no pregunta antes de actuar.

Los que creen que mi barriga es suya. Aquí ya no hablamos de manos, sino de orejas. Sí, sí, los hay que hasta te ponen la oreja encima. Esto me pasó en casa, en una cena con amigos. Uno de ellos, varón, me saludó con dos besos en las mejillas, el ritual de cada encuentro, y acto seguido posó sus dos manos y su oreja sobre mi barriga. Se quedó así un buen rato, como si esperara que Marcel le dijera hola, y al final se incorporó y dijo: “Hace ruido como de lavadora centrifugando”. Yo creo que no era Marcel, que era mi estómago, que reclamaba combustible, pero claro, no quise quitarle magia al momento...

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Un cactus con anillos

Tiene 94 años. En febrero tendrá 95 y otro bisnieto. Está sorda de un oído, que le va bien para no oír lo que no le interesa. Todavía se pinta las cejas con perfilador, del mismo color caoba que la peluca. Vive en una residencia desde hace más de 15 años. “Ahora quiero que me cuiden a mí”, dijo un día, y se apuntó a la lista de espera para entrar en el centro, subvencionado por una caja de ahorros y cuidado por unas monjas.

Donde ella vive, los inviernos son fríos y los veranos, también. Criar a seis hijos y lavar toda su ropa en el río te hace ser muy práctico. Nada de contenciosos emocionales: si hay que hacer algo, se hace. Y punto. No se le han caído los anillos.

La definición de amor se le pasó por alto en el diccionario. El que sentía se escurría río abajo, con la espuma del jabón, mientras lavaba a paletazos sábanas, pantalones y calzoncillos. Cuando llegaba a casa, ya no le quedaba amor para repartir, más bien lo que repartía eran cachetes: no estaba dispuesta a tolerar ningún exceso después de que ella hubiera estado lavando ropa, zurciendo pantalones, cosiendo codilleras, regateando en la tienda, cociendo patatas con tocino y aprovechando hasta el último miligramo del cerdo que habían matado en diciembre. Mi abuela es como un cactus: resiste las condiciones más extremas, pero protege su fragilidad con espinas.

El otro día pasó una mala noche. Una crisis de hipertensión, dijo el médico. Cada vez que tiene un achaque, las orejas del lobo asoman por la ventana. A ella le gustaría vérselas definitivamente, enfrentarse a ellas de una vez por todas. “Donde yo estaría mejor es allí abajo”, dice, señalando a dos metros bajo tierra.

Aquella noche, le rogaba a la enfermera: “Quiero irme ya de una vez, dame algo para que me vaya”. “Nada de eso, tú tienes que aguantar”, le contestaba la enfermera. “Tú a mí no me quieres, si me quisieras, me darías algo”. Los cactus también saben de chantajes.

La enfermera no le dio nada. El lobo se fue y se llevó sus orejas con él. Ella sigue entre nosotros, a cero metros sobre el nivel del mar. Pero algo ha cambiado en su aspecto. “Madre, ¿cómo es que no llevas tus anillos?”, le grita su hijo al oído bueno. “Me los quité esta noche, pensaba que no iba a llegar a hoy”. En el momento de la rendición total, se deshizo de ellos: a dos metros bajo tierra no los necesita. Y punto.

lunes, 24 de noviembre de 2008

El futuro está en el pasado


Ante la puerta de un aula de la facultad de Loco Periodismo hay una chica esperando. El bolso colgando de un hombro, la carpeta apoyándose sobre la cadera contraria. Mira el reloj. Aún quedan unos minutos para que acabe la clase. En poco rato, llega un compañero de curso. Nunca antes habían hablado, pero se reconocen: ella es la chica mona y él, el guapo.

—Hola.

—Hola.

—¿Todavía están todos dentro? —pregunta el guapo.

—Sí, no creo que tarden en salir, ya casi es la hora.

—¿Y tú por qué no estás dentro?

—He llegado tarde y he preferido no entrar. ¿Y tú?

—Me he dormido.

El chico no hace cara de dormido, piensa ella. Esta mañana, de hecho, está más guapo que de costumbre. Quizás le ve así porque es la primera vez que le habla. Empieza a mirarle con otros ojos, algo le cosquillea en el interior.

—¿La carpeta te la has forrado tú? —interrumpe el chico el vuelo de mariposa de la chica.

—Sí —contesta ella orgullosa—. Es Desnudo bajando una escalera, de Marcel Duchamp.

Se descuelga la carpeta de la cadera y le enseña la fotocopia en color que ha protegido bajo el iron-fix. Efectivamente, se intuye el cuerpo de una mujer bajando las escaleras. Pero no lo hace de cualquier manera: como un eco visual, va dejando un rastro tras de sí, y se pueden seguir todos los movimientos anteriores al que está ejecutando. El presente es una sucesión de fotografías del pasado que pueden dejarte prever el futuro.

Ella no le suelta todo ese rollo sobre Marcel Duchamp. No quiere quedar como una repelente sabelotodo. Los dos miran la fotocopia, sin decir nada, pero ella espera alguna reacción de él ante la que es una de sus obras de arte preferidas. Finalmente, él abre la boca:

—Y esta pintura, ¿la llevas ahí porque te gusta de verdad o para hacerte la interesante?

La mariposa deja de revolotear. Se estampa contra la pared del estómago y no vuelve a retomar el vuelo.

La puerta del aula se abre y vomita un montón de estudiantes, que salen en procesión. Salen las amigas de ella y los amigos de él. Cada uno se va por su lado. Ella no tarda en cotillear con sus colegas lo que le acaba de pasar con el guapo de la clase. “Es un borde sin gusto por el arte”, concluye ante su auditorio.

Pero tal y como Duchamp había dejado pintado en 1912, el presente es una sucesión de fotografías del pasado que te dejan prever el futuro. Aunque ninguno de los dos sabía entonces que quince años más tarde esperarían un hijo al que le pondrían Marcel.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Cuando alguien sabe algo de ti que tú hubieras preferido no saber


Los periodistas son unos fisgones y unos entrometidos.

Uno de ellos, que ha escrito un libro sobre la guerra anticivil, se metió en mi árbol genealógico y consiguió sacudirme por dentro cuando mencionó al hermano de mi bisabuela y lo describió como un “revolucionario incontrolado”.

Hasta ese momento, sólo sabía que el abuelito que venía a visitarnos desde la Galia cuando yo era muy chica y traía chocolates y galletas de mantequilla, había militado en la TOI (Todos Ocupados por la Internacional) y llevaba un pañuelo rojo en el cuello y una pistola en el cinto.

Ahora sé muchas más cosas, las que me procura la imaginación: las palabras “revolucionario incontrolado” dejan un margen muy amplio para fabular sobre unos horrores de la guerra anticivil que creo que prefiero no saber.

Más que nunca, entiendo por qué mi bisabuela siempre decía que las guerras son el peor castigo que las personas pueden padecer. Tanto da que luches en un bando o en otro, las atrocidades que se pueden llegar a cometer por supervivencia en nombre de una bandera son manchas sobre tu conciencia. Y no se van ni con lejía. Se acaban enmoheciendo y pudriendo y al final no te dejan dormir en paz.

El juez Garrafón removió todos estos pensamientos hace unas semanas, con el tema de las fosas comunes y demás. Ahora lo ha hecho un periodista fisgón que, haciendo su trabajo, me ha revelado asuntos íntimos que corren por mis venas.

Yo, que soy pacifista, resulta que he heredado una pistola en el cinto. El pañuelo en el cuello me da igual si es rojo, amarillo o azul. Lo que no quiero nunca es tener que usar el arma para defenderlo.

martes, 18 de noviembre de 2008

El nombre del padre, del hijo y del espíritu santo

El nombre del padre lo tengo claro; el del espíritu santo, también, porque no existió (para esa misión, ya estaba el padre); pero el nombre del hijo... ah, eso es otra cosa...

¿Cómo ponerle nombre a una personita que, en cuanto tenga conciencia, puede echarte en cara que no le gusta cómo se llama? ¡Qué responsabilidad!

Al final, en una reunión de urgencia, el padre y yo (el espíritu santo, como no ha intervenido para nada, no tenía tampoco silla reservada en esta cumbre) decidimos ponerle al hijo Perico de los Palotes, el nombre más común sobre la faz de la tierra. Por común, seguro que suena bien, y es el nombre al que todo el mundo recurre cuando quiere hablar de alguien anónimo o de cuyo nombre no quiere acordarse, así que nadie le pondrá un nombre que no es y nadie lo confundirá con otro, porque será todos a la vez.

No entiendo por qué la gente se entesta en poner nombres raros a sus hijos, con lo bonito y funcional que es Perico de los Palotes.

martes, 28 de octubre de 2008

Dr. Escayola

Paseando por la ciudad del cava, Sant Sadurní d’Anoia, me fijé en el nombre de una plaza:
Dr. Escayola. No encuentro nombre más adecuado para un médico, sobre todo si su especialidad
son las fracturas. Claro que, si me da un síncope o se me rompe el corazón, prefiero que me atienda
el Dr. Salvany, personaje ilustre que da nombre a otra plaza de la población.

Es reconfortante saber que, entre tanto cava, siempre habrá alguien dispuesto a curarte de cualquier mal. Amén.

jueves, 23 de octubre de 2008

Co-razón


¿Cómo es posible que la palabra corazón lleve consigo a su peor enemigo, la razón?

¿O quiere decir que la razón participa también del corazón, como copropietario o codirector? Si fuera así, el lío está armado igual: ¿quién manda más de los dos?

Ambos se disputan el dominio de las acciones de su portador/a, que se vuelve loco al no poder atender a los gritos de ambos a la vez. A ratos uno se deja dominar por el corazón; en ocasiones, quien manda es la razón. A veces ninguno de los dos y en otras los dos manejan a la par la centrifugadora en noches solitarias. También pasa que cuando manda el corazón, ante el fracaso estrepitoso, es la razón quien castiga; y lo hace duramente, como sólo ella sabe hacer: “Ya te dije que esto pasaría”. En caso contrario, si ordena la razón y la cagada es monumental, el corazón se encoge en sí mismo y luego cuesta un montón que se suelte.

Es todo muy esquizofrénico. No debería extrañarme. La misma palabra lo es.

viernes, 17 de octubre de 2008

Mear para saber



El otro día, una amiga me interrogó sobre mi embarazo. Es lo que tienen las barrigas, llaman la atención y despiertan la curiosidad. Quería saberlo todo, os lo juro: cuándo tomamos la decisión, cuándo fue la concepción (menos mal que no preguntó por el cómo...), cuándo empecé a sospechar que llevaba algo dentro, cuándo lo supimos, cómo los dijimos a la familia... Fue un interrogatorio en toda regla (la que ahora no tengo).

Al final, cansada de tanto romanticismo adherido a la situación y que ella insistía en ponerle a litros, le expliqué cómo había sido el ‘momentazo’ de saber que estaba embarazada:

“Mira, es el momento más antiromántico que te puedas tirar a la cara: consiste en mear encima de un test de embarazo, sentada en la taza del váter y procurando hacer puntería, para acertar en la esponjita y no mojarte la mano entera. Y tienes que atinar, porque si no meas lo suficiente sobre la esponjita, el test no sirve, así que vas persiguiendo el chorro de pipí, que nunca sale recto, por toda la taza del váter. Nosotras nos quejamos siempre de la poca puntería que tienen los hombres al mear, pero en momentos así te das cuenta de que las mujeres ni siquiera hemos sido entrenadas para ello. Luego tienes que dejar descansar unos cinco minutos el aparato en posición horizontal. Durante este tiempo tienes dos opciones: quedarte ahí embobado mirando o ir a hacer otras cosas, fingiendo que no sabes que estás a punto de saber algo que ya sospechas... En realidad, todo es más mecánico, frío y escatológico de lo que te pintan”.

Pues eso: cualquier coincidencia con las películas es puta casualidad.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Mi cuerpo no me pertenece

Desde hace un tiempo, estoy poseída.

Pensar en comida me da náuseas, las digestiones son como erupciones volcánicas que me devuelven la bilis a la boca, estoy más torpe y tengo arcadas cuando me lavo los dientes.

Nada de esto me pasaba antes. Y ahora no puedo dejar de pensar que algo dentro de mí está parasitándome. A veces me da golpecitos en la tripa para manifestarse. Pero no hace falta que lo haga, porque siempre soy consciente de su presencia: se manifiesta en mis pechos, que han crecido; en los bares, cuando voy a pedir una cerveza y tengo que reprimirme y cambiarla por una limonada; en los bocadillos inexistentes, que no puedo comer porque el pan me sienta fatal; en los eructos que suelto durante todo el día para aliviar los triples saltos mortales de mis jugos gástricos; y en las pesadillas que me asaltan por las noches con nuevos miedos.

En las películas románticas, las historias de amor empiezan con dos personas que se odian. No sé si lo que me está pasando será algo parecido. En cualquier caso, pase lo que pase, me temo que ya no puedo elegir: el bicho se ha apoderado de mi cuerpo, lo usa para alimentarse, crecer y transportarse. Y hasta que no lo expulse no empezará de verdad la historia de amor.

martes, 16 de septiembre de 2008

Abre los ojos




Es muy recurrente soñar que te mueres. Aunque en realidad, en los sueños nunca llegas a morir: siempre hay un sobresalto que te despierta antes. A veces nos vemos muertos (en el ataúd o gente en nuestro entierro), pero no es lo mismo que vivir tu muerte en sueños. Dicen que si eso pasa, ya no despiertas jamás; pero claro, ¿quién ha vivido para contarlo?

Lo que hizo diferente el sueño que tuve el otro día es que mi muerte tenía plazo: me envenenaron con una especie de fruto oloroso y sabía que me iba a morir en 48 horas.

¿Qué hacer en mis últimas 48 horas? ¿De qué personas me daba tiempo a despedirme? ¿Podré llegar cuerda a mi último suspiro? Ninguno de estos interrogantes se me pasaba por la cabeza en ese sueño: lo único que quería era dormir (como si no lo estuviera haciendo ya...). “Si duermo”, me argumentaba a mí misma en el sueño, “no sufriré ni me enteraré de nada”.

¿Es ésa la actitud que tendría si me sucediera algo así en realidad? La pesadilla empezó cuando me desperté: mi cobardía me da miedo.

martes, 9 de septiembre de 2008

Dos misas en una semana

Soy como algunos fotógrafos: a no ser que sea para bodas, bautizos y comuniones, nunca voy a misa. Pero en una semana, por circunstancias diversas, asistí a dos de estas liturgias católicas.

La primera fue por amor al arte. En la catedral que quería visitar estaban haciendo misa y quedaba prohibido deambular por la nave, así que no tuvimos más remedio que colarnos en la misa, como dos practicantes más, y encontrar un asiento desde el que contemplar la nave, los rosetones, el altar y, sobre todo, el retablo de la capilla inaugurado unos meses antes y elaborado por las manos angelicales y la mente endemoniada de un artista que parece trabajar bajo el embrujo del ron. Valió la pena aguantar el sermón para adorar al Creador.

Siete días más tarde, también en un domingo, viví otra misa. Es costumbre en mi familia materna asistir a la misa cantada que se hace en el pueblo para rendir pleitesía a la virgen que, según la leyenda (otra de tantas), un pastorcillo encontró en la confluencia de los ríos que rodean el pueblo. Por eso la virgen se llama Vigilaquetevasaahogar. Yo sí que me casi me ahogo, pero en lágrimas, porque mi abuela, que le tenía verdadera devoción a la virgen, murió hace años. Y en esa misa —quién me lo iba a decir— me sentí más cerca de ella. Valió la pena aguantar el sermón para volver a abrazar a la Creadora.

jueves, 21 de agosto de 2008

Pez mordedor, poco ladrador


Como es sabido por todos, lo peces no ladran. Y por eso se dedican a morder.

Me he pasado el verano en las playas de Menorca, evitando ser mordisqueada por pececitos plateados que camuflan en su bonito aspecto una piraña en potencia.

Las playas de la isla son idílicas y salvajes, especialmente las del norte. Uno se zambulle en sus aguas cristalinas y aprecia cómo los pececitos se acercan curiosos a las extremidades inferiores de su cuerpo. “¡Qué monos!”, pensé cuando los vi acercarse. Nada presagiaba que iba a tener que huir despavorida ante ataques que seguro que inspiraron a Steven Spielberg para su Tiburón.

No sé si los peces atacan para defenderse o porque no son capaces de asumir la marea humana que les viene en agosto, removiendo sus aguas y turbando su tranquilidad. Pero cualquier motivo que se me pueda ocurrir es mejor que pensar que se acercaron a mis piernas confundiendo mis pelos con ricos prados de posidonia...

lunes, 18 de agosto de 2008

¡No se vayan todavía, aún hay más!

Después de la publicidad, el Equipo T regresa con peces que muerden y muchas cosas más. ¡No se lo pierdan!

jueves, 3 de julio de 2008

La curiosidad mató al gato

No será casual que en el dicho popular se mate a un gato y no a una rata, una cucharacha o una araña (aunque se lo merezcan sólo por el hecho de existir). No, la curiosidad mató al gato porque el gato es un animal curioso (y, por lo que se ve, no lo son las ratas, las cucarachas ni las arañas; eso me va fatal, porque me iría muy bien tener una excusa para fomentar su erradicación en masa).

Uy, que me despisto con mis fobias... Total, que el otro día estaba mirando la tele, con la puerta de la terraza abierta (por aquello de que pase un poco de aire) y, de reojo, entre escena y escena de CSI, veo dos puntos de luz mirándome. Primero me cago de miedo, luego pido ayuda a Grissom, después me atrevo a girarme y mirar a lo que me está mirando y por fin me tranquilizo: es un puto gato. Es el puto gato del vecino, que primero se mea en mis plantas, luego escarba en ellas, después se caga en la tierra y ahora se atreve a entrar en mi comedor.

No sé si existe un repelente contra gatos, pero sospecho que si voy a la droguería me darán uno que se llama 'Curiosidad'.

miércoles, 18 de junio de 2008

Una soplona


Necesito que House me hiperventile cada vez que salgo del súper. O que Clooney me haga el boca a boca. Lo que sea. Lo que necesito al salir del súper es que alguien me devuelva todo el aire que he tenido que soplar para abrir las malditas bolsas de la frutería. Por no hablar de las bolsas con asas que te dan en la caja.

De verdad, tendríais que verme: parezco una parturienta en plena contracción, allí, soplándole a la bolsa para que se separen las dos partes y pueda meter la fruta dentro. O un niño soplando esas velas de la tarta de cumpleaños que nunca se apagan. Al final acabo blanca. Exhausta. “Podrías probar con las uñas”, me diréis. Lo haría gustosa, si no me las comiera.

Si se os ocurre otra idea para no quedarme sin aire, os lo agradezco. No es sólo una cuestión física. Mi dignidad baja 17 enteros cuando tengo que hacer el numerito soplón en público.

sábado, 14 de junio de 2008

una imagen vale más que mil palabras


Me están haciendo fotos. Y escribir en un blog a la vez que te hacen fotos puede parecer difícil, pero resulta de lo más cómodo. Sobre todo porque sales de espaldas y, claro, te pillan el lado bueno. Siempre te pillan el lado bueno. Por eso esta será una de las entradas más sencillas que he escrito aquí, porque en realidad lo importante no es lo que escriba y, al final, no voy a decir absolutamente nada. Así que quien espere palabras, pierde el tiempo. Esta es sólo una cuestión estética. Nada más. Esto es todo lo que puedo ofrecer mientras me hacen fotos, porque quieras que no, pone nerviosa, vaaale, lo admito. Escritura compulsiva, lo llaman, porque no puedo parar ni un momento mientras Ansonio hace click, click! Y yo no tengo ni idea de si me está enfocando las manos, las tetas o el cogote. Pero eso, al final, tampoco es lo que importa. Y aquí seguimos, últimos clicks, clicks y arreando. De arrear. Apa!

PD: soy el fotógrafo, y se ha dejado el blog abierto con los nervios de la foto, para mi ha sido un placer y si no ver la foto, jejejeje

jueves, 29 de mayo de 2008

Ya me tienes hasta la banana





Oh, Indiana.


Atención, este post contiene spoiler. O sea, que te agua la fiesta; por si te habías montado tu película.


Ayer el Equipo T fue al cine en comunidad por primera vez. Film: Indiana Jones IV.


Yo, de pequeña, quería ser arqueóloga como él. Ahora, de mayor, quiero ser Sharon Stone. Entrada: 7 euros; Palomitas: 3 euros; Cerveza: 2 euros. Que Peter Parker te lo pague todo no tiene precio.


La película viene a ser como una mezcla de los Goonies y ET, pero sin demasiadas emociones. Y sin emoción tampoco. Al final, a Spielberg no se le ocurría qué hacer sin su querido George Lucas, y primero tiró de StarGate, que ni siquiera es suya:


Según la teoría del Reino de la calavera de cristal (manda huevos, el título), los extraterrestres no aterrizaron en el antiguo Egipto, como en StarGate sino en el Imperio Maya. Pero bueno, la idea es la misma: las pirámides o los templos son platillos volantes de incógnito; y los dibujitos que los humanos dejaban en las paredes no se referían al dios sol, sino, pues eso, a una nave espacial.


Si nos creímos que el Arca Perdida existía y, por lo tanto, también Jesús y su vaso de madera, pues vale, creerse lo de los marcianos invasores tampoco es tan descabellado. Lo chungo es que, de tanto centrarse en otras galaxias, de repente a Spielberg le entra la morriña. Y nada, que se pone a hacer una revisión del famoso "Soy tu padre", de Star Wars.


Creerse que Indiana puede tener un hijo es mil veces más difícil que creerse que una calavera de cristal puede apartar a un montón de hormigas carnívoras que además hacen ruiditos de masticar, así: ñiñiñiñí. Pero es que el final de la película es del todo inverosímil. Mucho más inverosímil que cuando el platillo volador se eleva cual Independence Day, y se va directamente a la Tercera Fase.


Porque la teoría que tiene el Equipo T es que Spielberg ha hecho algo así como un metatexto fílmico; desde el minuto 1 se podrían establecer hipervínculos con otras películas. Por ejemplo, nada más empezar, aparece un topo igual que los animales de Ice Age o Babe el cerdito valiente. Y tú piensas: será un trailer. Pero no! Es la película! Luego, de una caja, aparece por fin la famosa Arca Perdida. Incluso aparece la tía con la que Indiana se enrolla en ese film, Marion, o como se llame.


Eso por no hablar de las referencias a El Dorado de Saura, o La ruta hacia el Dorado, o Aguirre, la cólera de Dios, de Herzog, que seguramente Spielberg no ha visto.


En fin, por si fuera poco, hay un error de guión garrafal: corren más calaveras de cristal de ésas que bolas en una sala de billar. Además, si Orellana llegó a descubrir Akator, ¿cómo volvió a cerrar luego todas las puertas y pasadizos?


Cuando te enteras de que en el guión han participado el director de Señales, y también el de La milla verde, entiendes muchas cosas. Pero ninguna justifica el final. Ese final es inadmisible.


Pero claro, ¿qué otro podía surgir de semejante ensalada de películas taquilleras?


Da igual: todo es perdonable porque en la peli aparece la famosa línea roja que traza sobre un mapa el recorrido de Indiana en avión. Y eso mola que te cagas.

lunes, 26 de mayo de 2008

De cómo ganar Eurovisión y otros cantares


Si Rusia gana Eurovisión no es más que porque se montó una nación graaande, graaande, con muchas partes pequeñiiiiiiiiitas alrededor de un gran país. Y, después de descubrir a todos los mandatarios del mundo occidental las maravillas del vodka, soltó amarres, por eso del qué diran. Como los rusos, es lo que tiene el frío, son mucho de apretujarse, aún conservan algunos cachos, en plan remember. Pero se deshicieron de los suficientes como para que alguien les entienda cuando cantan. Y les vote, claro, porque si no te entienden tienes que estar muuuy bueno/a para que te vote la gente así por la cara (pues eso). Y ese es su urdido plan para ganar Eurovisión, que si alguien le quiere llamar Guerra Fría, pues que le llame, hombre, no seré yo quien me ponga tiquismiquis, pero que es de ignorantes, pues también lo digo.

O la balcanización, ¿qué me dicen de la balcanización? Si en el fondo croatas, serbios y bosnios se llevan la mar de bien. Si no, no se votarían, ¿no? Y si no han ganado este año es porque lo de Kosovo aún anda así así.

Pues nada, ni amenazas ni ostias. Rompemos España y punto. O nos trasladamos con la casa a cuestas al centro de un continente, con muchos países vecinos. Porque Andorra y Portugal, que no es por deslucir, pero eso, que son Andorra y Portugal...

Así que nada, a fragmentarse, balcanizarse o romperse a cachos sin miedo, hombre! Así todos tenemos mar (y los del 'Aquí no hay playa' se cayan de una puta vez) y a votarse tocan. Un año ganan los madrileños (que vaya Sabina), otro los andaluces (que la Pantoja aún colea) y otro los catalanes (y va Serrat, por no hacerle otro feo).

Y a mí que esto me recuerda a nosequé novela de Saramago...

jueves, 22 de mayo de 2008

Inyecciones de desmemoria


Además de dormirte, hay anestesias que te borran los recuerdos.

Nos lo explicó el cirujano que le apañó una hernia a mi padre. Se llama anestesia con amnesia retroactiva (exactamente no sé si estos fueron los términos que usó el cirujano, pero más o menos). Los médicos tienen piedad del paciente y le inyectan esa sustancia (seguro que es un invento de la NASA) para que no tenga recuerdos traumáticos del quirófano (por la ansiedad y el miedo que genera ese espacio aséptico y lleno de instrumentos de tortura).

Lo único que recuerda mi padre del día de la operación es que se durmió en la camilla, antes de entrar en el quirófano, y que se despertó en la misma camilla, ya camino de la habitación, donde le estábamos esperando.

En realidad, a mi padre lo durmieron en el quirófano, no en el pasillo: la inyección hizo que se olvidara de la conversación que mantuvo con el cirujano justo antes de que le chutaran la droga, bajo el foco de luz y con un montón de enmascarillados revoloteando y chismorreando a su alrededor, contribuyendo a agitar sus nervios. Pero él no recuerda nada de esto: se lo contó el cirujano más tarde. El médico dice que gracias a esta sustancia amnésica, los pacientes ya no tienen tanto miedo cuando deben entrar de nuevo en un quirófano, porque se les han borrado los recuerdos angustiosos.

No sé si el cirujano se lo inventó o no, la verdad es que yo nunca había oído hablar de esta substancia, a la que enseguida califiqué de milagrosa. “Ojalá me hubiera inyectado una de ésas justo después del primer polvo de mi vida”, pensé primero. Pero luego rectifiqué: “Gracias a ese polvo horrible, he sabido lo que no quiero en mi cama”. Así que ahora tengo dudas sobre lo que es mejor olvidar y lo que se debe conservar, aunque sea por haber aprendido algo. ¿Cómo saber lo que te iría bien eliminar de tus recuerdos y lo que no? ¿Cómo saber lo que ha contribuido a crearte como eres ahora aunque haya sido una experiencia horrorosa? Si borras un recuerdo de tu mente, ¿te conviertes entonces en otra persona?

Mejor me meto un chute de amnesia retroactiva y me olvido de toda esta paranoia.

lunes, 5 de mayo de 2008

Pensamientos fúnebres

Llega y dice:

—Cuando supe la noticia, me quedé muerta.

Silencio sepulcral.

Es que no se puede llegar a un velatorio y soltar esa frase. No se puede, y punto.

Pero el cerebro es súper traidor. Cuando uno se prepara mentalmente para ir a un tanatorio o a un entierro, se repite para sus adentros, una y mil veces, que no dirá “me quedé muerto en cuanto lo supe”, “este jersey te queda divino de la muerte”, “si llueve y nos mojamos, nadie se va a morir”, “estás muy constipada, tienes voz de ultratumba” o “ese restaurante no mata”.

Es inútil. Basta que te hayas repetido una y mil veces que no dirás nada de eso, cuando de repente se te escapan las palabras malditas de la boca. Y no puedes hacer nada para cogerlas al vuelo y devolverlas al agujero negro de donde han salido.

El cerebro es ese agujero negro, travieso y maleducado, que envía órdenes a tus cuerdas vocales desobedeciendo las que tú le has dado.

Una putada.

Una jugarreta más de la masa gris, que no se deja domesticar.