sábado, 2 de febrero de 2008

No te bajes los pantalones por la cultura


Esos pesebrazos acaban siempre con un after en mi habitación. Te has pasado dos días en Andorra para celebrar un premio literario, y los organizadores te han invitado a Caldea para que te remojes en el jacuzzi. Pero, ¿cómo vas a relajarte viendo a los escritores en bañador? Escritores más bien mayores, casi jubilados, que pueden permitirse dos días en paños menores.


Llevas dos días comiendo y bebiendo sin parar, ha ganado el premio una chica que no conces. En el Buda, música trallera y todos los jefes, que beben y beben como los peces en el río y los salmones. La fiesta acaba a las tres, demasiado pronto, y dices: "Vamos todos a mi habitación". Maldita borracha.


Y ahí estaban todos. Uno se había puesto el albornoz para poder transportar los botellines de su propio minibar en los bolsillos; se había anundado el cinturón del albornoz al cuello e iba en zapatillas. Otro hablaba de culos. Tiene controlados todos los culos femeninos del sector editorial y, contra lo que yo siempre había creído, el mío no es el mejor. Por lo visto hay uno que me supera. Yo, claro, no puedo saberlo, porque casi nunca veo mi culo, sólo cuando me lo fotografían. Pero por lo que sé de él, por lo que bien que suelen hablarme sobre su manera de ser y por lo bien que funciona, me cuesta creer que haya un culo mejor.


En fin, en el after no faltó el típico maricón tramposo. El maricón tramposo es aquél que, utilizando la excusa de que es gay, se aprovecha de la confianza de las mujeres, y al final es el que se atreve a tumbarse en tu cama, en plan: "Uy, estoy muy cansado, qué cansado estoy". Los demás invitados, entonces, se largan. Y cuando te quedas a solas con el maricón, entonces descubres que es un tramposo, porque a él, mientras pueda enseñar sus nuevos calzoncillos Calvin Klein que acaba de comprarse en Andorra, todo le va bien.


El problema del maricón tramposo es que yo siempre he sabido que lo es; maricón tramposo, quiero decir. Hace demasiados años que nos conocemos. Además, él había cometido el error de comentarme que quería estrenar sus calzoncillos nuevos, y no había nadie más allá con quien hacerlo.


Así que se la devolví, ejerciendo de fresca tramposa. Es decir: hice de fresca ("yo también soy una viciosa, o qué te crees, viva el morbo"), hasta que hubo que demostrarlo. Entonces solté la misma excusa que había utilizado él para quedarse: "Uy, estoy muy cansada, qué cansada estoy". Y tuvo que largarse con el rabo entre las piernas. Bueno, o al revés.


Conclusión: este mundillo es un putiferio de cuidado. No te bajes los pantalones por la cultura.


viernes, 1 de febrero de 2008

Jodidas baldosas


¡Ufff! Hoy me ha vuelto a pasar. Iba yo caminando por la acera tan tranquilamente (bueno, tranquilamente no, porque llegaba tarde al trabajo), cuando he pisado una de esas baldosas-mina o baldosas-trampa. Son esas baldosas que engañan, porque parece que estén bien colocadas, pero, en cuanto las pisas, se desequilibran y te sueltan un chorro de agua sucia que sale de las profundidades para dejarte perdidos los zapatos y los pantalones.

Ayer me pasó y me disgusté un montón. Hoy me ha vuelto a pasar y me he indignado. Y más todavía cuando pienso que vengo quejándome de los charcos de agua negra y viscosa que se forman en las calles del Cairo cuando llueve. Allí, al menos, la mierda se ve y puedes esquivarla. Aquí, en cambio, la mierda acecha bajo una apariencia de orden y pulcritud ¡y te ataca cuando menos te lo esperas!

Mmmm, vaya, me estoy dando cuenta de que acabo de hacer el descubrimiento del siglo...

jueves, 31 de enero de 2008

Eso es una metáfora y el resto son tonterías


Estaba yo el otro día con uns amigas hablando pues, eso, de lo típico que hablan las mujeres cuando beben, de lo complicadas que son las relaciones y bla bla bla. En concreto, una de ellas estaba hablando de su enamoramiento. Resulta que nunca antes había estado enamorada y se descubría pensando en su amado todo el día, mirando al móvil constantemente y enfadándose si él no estaba pendiente de ella en todo momento... Acababa de descubrir, en definitiva, que el enamoramiento es una arma de doble filo: por un lado, te hace flotar y, por el otro, te puede hundir, sobre todo si te obsesiona la idea de que tu amado puede dejarte. Ella se encontraba ante ese abismo.

Nosotras intentamos explicarle que el problema lo tenía ella, porque él no había dado en ningún momento señales de abandonamiento y, en cambio, ella estaba insegura y obsesionada. Pero le costaba verlo.

Después de trescientas cervezas, a una le vienen ganas de ir al lavabo, claro. Y una de las amigas se fue al baño. Al regresar, dijo, mirando fijamente a la amiga obsesionada: “Tengo una metáfora muy buena que creo que te servirá. En ese lavabo hay un espejo delante de la taza del váter y te ves meando”. La aludida pareció no entender nada. Y yo añadí: “Vaya, que por primera vez te ves a ti misma en esa posición ridícula de mear medio de pie para no sentarte en la taza. Y te das cuenta de que es así como te vería cualquier persona si entrara en el lavabo en ese momento”.

Yo creo que es una metáfora muy buena. Y creo también que todos deberíamos ir con un espejo encima, para poder vernos desde fuera en todo momento. A veces los amigos hacemos de espejo e intentamos que nuestros amigos se reflejen en él y se vean desde otra perspectiva, pero no siempre lo conseguimos.

Yo, por si acaso, me he quedado con la dirección del bar, para recordarme que a veces podemos llegar a hacer tonterías sin darnos cuenta, porque no nos vemos.

martes, 29 de enero de 2008

Empujones de vida en el Cairo


Desde el avión, la ciudad del Cairo no tiene fin. Se extiende y extiende más allá de los confines que el ojo humano puede alcanzar. 18 millones de habitantes no son poca cosa. Es incluso emocionante pensar que, cuando el avión aterrice, serás uno más entre 18 millones. El anonimato por excelencia: convertirse en una montaña más de carne en movimiento entre una población equivalente a media España.

Cuando pones los pies en el suelo, las expectativas no defraudan. De hecho, no creo que ni uno solo de los cairotas se haya quedado con mi cara: iba todo el rato mirando al suelo. No por vergüenza. No por sentirme extraña. No por no querer llamar la atención. Es que si te despistas, te puedes meter un leñazo de mucho cuidado. No hay acera que no tenga agujero cada cinco metros. O que esté ocupada por un charco de agua negra, llovida desde un cielo contaminado por un CO2 espeso y oloroso. Las vallas también les encantan. Las ponen por todas partes. Caminar por el Cairo es un deporte de alto riesgo: las aceras son criminales y por la calzada circula la muerte a gran velocidad, en forma de taxis y minibuses que pitan a todo lo que se mueva, para alertar de su presencia y pedirte que, si no te quitas, te vas directo al cielo. Y claro, ¿quién quiere ir al cielo del Cairo, que se está quedando sin oxígeno?

El anonimato se acaba cuando entras en la calle principal del zoco del Cairo, Khan el-Khalili. Allí, automáticamente, pasas a llamarte Carmen. Oyes Carmen por todas partes, reclamando tu atención para endosarte pañuelos, pirámides de plástico de colores, papiros falsos que no le regalarías ni a tu peor enemigo y bustos de faraones dorados. Un horror. Pero dos callejuelas más allá del circuito turístico, vuelves a ser invisible: sólo se percatan de tu presencia cuando tienen que empujarte para ir de un lado a otro. De todas formas, prefiero que me empujen para pasar que me empujen a comprar en esas tiendas de souvenirs, que son una verdadera pesadilla.

Al llegar a mi vida normal y ordenada, donde los coches respetan eso que se llama carril y semáforo, la gente me pregunta: ¿cómo es el Cairo? Y yo respondo: puedo hablarte del suelo del Cairo, pero poco de sus edificios y de su aspecto como ciudad. Puntuales son los momentos en los que uno se atreve a alzar la mirada hacia arriba para ver un edificio de viviendas, un balcón curioso o un letrero luminoso que pueda llamar tu atención. Dejar de fijar la vista en la tierra es como hacer un triple salto mortal: no sabes dónde ni cómo puedes aterrizar.

Cualquiera diría que el Cairo me ha encantado. No es ninguna contradicción: la vida que se respira allí y que genera tanto caos acaba por atraparte, por hipnotizarte de algún modo. Te das cuenta de que, sin ese caos, la ciudad no tendría ningún encanto. Ningún atractivo. Y sin ese caos es difícilmente comprensible la pátina de decadencia que envuelve a los edificios, a las callejuelas y a las calzadas sin asfaltar.

El caos del Cairo o te atrapa o te expulsa. Y a mí me atrapó.

jueves, 17 de enero de 2008

Un galardón para Gallardón


Una noche soñé que me enrollaba con Gallardón. No recuerdo que fuera una pesadilla, tampoco que fuera un sueño erótico. Creo que salíamos de cenar en un restaurante, y que me pasaba un brazo sobre los hombros y que me invitaba a su casa. O todavía más inocente: me señalaba, simplemente, el apartamento en el que vivía. Después de sortear un socavón que había en la acera.


Luego nos besábamos en los labios y yo le decía que me tenía que ir, entre otras cosas porque mi padre iba a matarme, o a matarle a él. Y él dejaba que me fuera. Y me desperté.

Eso no convierte a Gallardón en el hombre de mis sueños, porque para eso tendría que haber soñado con él más de una vez, porque los sueños son plurales, y el sueño, el suyo, ése de ser presidente, es muy particular. De plural, nada.

En mi sueño, bastó con despertarme para discernirlo de la realidad. Ahora nos hacen creer que Gallardón también se ha despertado a bastonazos: los que le ha dado Rajoy. Pero es mentira.

Quien sueña ahora, de hecho, es el pobre Rajoy, que vive totalmente engañado. Incapaz de despertarse porque él siempre va dormido.

Es decir: Gallardón, tan despierto, él, se hace la víctima, consciente de que eso lo hace aún más popular, si cabe, de lo que ya era. Pobrecito, mira cómo me enseña el apartamento en el que vive, y no se atreve a invitarme a subir. Mira qué caballero y qué gallardo es que, pese a la paliza de la Espe-jode-Madrid y de la traición del de la barba sucia, él sigue fiel al partido en el que ya militaba su padre, y que a veces hace que le salten las lágrimas. Y qué sucio es Rajoy, tanto como su barba, que se saca de encima a quienes pueden hacerle sombra.

Y luego, después del 9-M, cuando el cobarde Rajoy saque el peor resultado de la historia del PP, todo el mundo se acordará de ese caballero, qué gallardo, qué bueno y qué sensible es Gallardón. Cómo merecía estar en las listas electorales.

Pobre víctima. "He sido derrotado".

Qué pedazo de actor. ¿Y qué es la política si no hipocresía, puro teatro?

Los presidentes del gobierno español posteriores al franquismo tienen la Z de Zorros en sus apellidos. Adolfo Suárez, Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero. Calvo Sotelo no fue elegido en las urnas, sino que sustituyó a Suárez. De todos modos, mi primo Zantiago siempre lo llamó Zotelo.

Rajoy lo tiene crudo. Y Ruiz Gallardón lo sabe. Un tipo que ha destripado la capital, la ha reconstruido de arriba abajo, se ha casado con una Utrera y se ha metido en el bolsillo al resto del país (y de El País), sabe lo que está haciendo.

En fin, que yo le daría un Goya. Un Globo de Oro. Un Óscar. Un pedazo de galardón.
Mierda! Acabo de darme cuenta de que los presidentes NO tienen una Z en sus apellidos, sino DOS:
Adolfo SuáreZ GonzáleZ
Felipe GonzáleZ MárqueZ
José María AZnar LópeZ
José Luis RodrígueZ Zapatero...
Eduardo Zaplana HernándeZ-Soro. PODRÍA SER PRESIDENTE!!!!
Claro que Gallardón sólo es la segunda parte de un apellido:
Alberto RuíZ-Gallardón JiméneZ.

martes, 8 de enero de 2008

¡Me quiero ir!

¿Qué haces cuándo tu mente está en Egipto (dentro de tres días salgo para allá volando) y tu mente bifocal, tus dedos tecleadores y tu mirada están concentrados en textos que hablan de Sitges?

viernes, 4 de enero de 2008

Master en Coma


Por razones que no vienen al caso, pasé la Nochevieja con dos amigos en un restaurante hindú en una de las calles más aparentemente peligrosas de la ciudad. Los indios se portaron de puta madre, la comida estaba buena y al final nos ofrecieron una docena de uvas a cada uno y una botella de cava.

Del cava pasamos, pero de las uvas no, porque mola seguir la tradición y preservar la superstición. La cuestión: que todo estaba preparado para encararnos al único momento del año en el que es importante saber qué hora es al segundo. Enviamos algún que otro SMS, los indios nos pusieron La Primera, nos preguntamos dónde estaría Ramón García, comentamos cuál sería el primer anuncio de 2008...

Y entonces, ocurrió.

En la pantalla, sobreimpreso en el campanario de la Puerta del Sol, ahí estaba.

Mastercard ponía: "Equivocarte con los cuartos, no tiene precio".

Así, con toda la coma entre sujeto y predicado.

A mis dos amigos y a mí se nos indigestó la cena y nos atragantamos con las uvas antes incluso de habérnoslas llevado a la boca. Toma ya televisión pública, educando a los millones de españoles que en ese preciso momento (el único que es importante hasta el segundo) se decían que Anne Igartiburu estaba metiendo barriga.

Primero pensé que se trataba de una estrategia para acabar con todos los intelectuales del país, capaces de indigestarse y atragantarse ante tamaña aberración. Como le contaba hace un rato a Al, supongo que este intento de genocidio no puede considerarse delito, sino falta.

Luego pensé que Mastercard nos dedicaba un mensaje subliminal: coma.

O sea, que nos mandaba que nos comiéramos las uvas. Como si no se tratara de una tradición ni una superstición, sino de una obligación de tarjeta.

Como si fueran quienes ponen la pasta los responsables de que comamos en los cuartos.

Como, en cualquier caso.

Y tragamos.

Nosotros tres, y el resto de españolitos que en ese preciso momento en el que te das cuenta del momento también se llevaban las uvas a la boca. Todos tragamos.

Los hindúes, mientras tanto, se partían el culo. Luego nos inivtaron a whisky.

Así que 2008 ha empezado con un mensaje partido, o una frase partida.

Todavía me pregunto cuál es la metáfora.

viernes, 28 de diciembre de 2007

El desierto en casa




¿Por qué la gente se va al desierto del Sáhara cuando quiere saber lo que es la solitud? ¿No han probado nunca ir a trabajar un día laborable entre fiestas (léase Navidad)?

Lo único que cambia es que, en lugar de dunas de mítica tierra dorada, hay mesas con ordenadores encima. Y en lugar de oasis con palmeras y pozos de agua, hay máquinas con bebidas. Y todas a tu disposición, claro, porque no hay nadie más en la oficina. ¡Qué más se puede pedir!

viernes, 21 de diciembre de 2007

Viva el servidor... ¡cuando no funciona!


¿Qué haces cuándo quieres trabajar y no puedes?

Hoy quiero trabajar un montón (los viernes estoy que me salgo), pero el servidor no funciona, no puedo acceder a las páginas de la publicación y no puedo editar ningún texto.

Es muy jodido que un viernes, después de una semana de duro trabajo, esté condenada a:
1) Pasearme por el youtube
2) Escribir la nota del regalo del amigo invisible que me toca entregar el martes a un pariente de la familia política (¿por qué le llaman política cuando no es tuya, porque con ellos tienes que ser más políticamente correcto en todo siempre?)
3) Hacer una lista de chorradas en el blog
4) Hacer cafés
5) Comer turrones que llegan a los compañeros de la revista de gastronomía que hacen al lado
6) Compartir los hallazgos del youtube con los compañeros
7) De vez en cuando, despotricar porque no hay servidor (hay que mostrar indignación, si no, parece que te alegres....)
8) Oír éxitos de los 80 en la radio (ahora mismo tocan aquello de 'las maravillas del malai uo uo uoooo')
9) Contar los minutos que faltan hasta las dos y rezar para que el servidor no se ponga en marcha a las dos menos cinco
10) Inventarme algo para poner en el número 10 de la lista

Uffff!

jueves, 20 de diciembre de 2007

Al día siguiente






Las cenas de empresa son una putada. Porque primero tú estás allí, flipando con que te inviten a una copa de cava antes de empezar, pensando que tu jefe es la hostia. Luego el camarero te va sirviendo cada vez que le das un sorbo a tu copa. Y tú te sientes, no sé, solidaria, que es lo que pasa con el espíritu navideño, y te dices: "qué coño, voy a hablar con el tío de economía, que nunca he hablado con él".

Te acercas con tu copa de cava al tío de economía, le dices: "Feliz Navidad", y él te mira con suspicacia, como si fueras a cobrarle el IPC, si es que el IPC se cobra. Yo creo que no se cobra, sino que sube. En cualquier caso, el alcohol hace lo mismo que el IPC, primero sube y luego te cobra una buena resaca.

En fin, con el tío de economía, la conversación no fluye, así que te diriges a la chica de administración. Todavía peor, ella cree que le vas a rendir cuentas porque tu última factura no cuadra. Brinda con una media sonrisa muy forzada y después se va. Intentas hablar con la secretaria de dirección, pero tiene otras cosas que hacer, como estudiar cuándo llegarán los tíos buenos. Nada que reprocharle, por cierto, porque tú también esperas eso mismo. Igual que ellos esperan a las rubias con botas.


Y por fin empieza lo que oficialmente se llama "la cena". "La cena" consiste en unos canapés que no están mal: croquetas de setas, mil quesos, pan con jamón, yo qué sé. Y no lo sé porque estoy más ocupada en beber que en comer. Como todo el mundo, me temo.

Entonces llega el momento de la alegría. Y eso empieza a ser peligroso. Porque a mí, cuando estoy contenta, me da por bailar. Y tanto me da no tener pareja de baile. Así que hago el ridículo más espantoso mientras muevo el esqueleto que a mi edad ya no es sólo esqueleto, y el jefe me mira, y el de economía me mira, y la secretaria me mira, y toda la puta redacción me mira. Pero como voy muy ciega, no veo que me miren. Y aunque los viera, me da igual.

Afortunadamente, uno de deportes se saca la chorra y se la enseña a todo el mundo porque tiene los huevos largos y me quita protagonismo.

Y como todo lo que sube -menos los precios- tiene que bajar, llega el otro momento crucial: el de los bajones. El mío es especialmente trascendental, y me hago la romántica, sentada en un rincón con la mirada perdida reflexionando sobre la inmensidad de la vida y la indefinición de la muerte y las copas de whisky on the rocks.

Mientras tanto, en el baño, se lleva a cabo la fiesta de los dedos al fondo de la garganta, que consiste en que todos los miembros de la redacción metan sus dedos al fondo de la garganta de un periodista cuyo bajón ha hecho que se venga abajo. La de gente que daría cualquier cosa por poder meter sus dedos en la garganta de un redactor!

Llega el momento de la exaltación de la amistad, en mi caso convertido en la exaltación del amor exaltado, y empiezo a confesar mi amor incondicional a todos los presentes. Todos ponen ojos como platos, uno incluso me respone: "Mi cimbrel llega hasta el suelo". Pero si algo bueno tienen las borracheras guarras como ésta es que al día siguiente todo el mundo olvida (o eso espero). Y además, es tan breve el amor y tan largo el olvido. Algo así.

En el momento de irse, no me voy. Y las consecuencias son mucho peor. Acabamos en un antro de mala muerte, sin saber ya qué estamos bebiendo, yo preguntándome qué coño hago aquí, intentando controlar la situación sin conseguirlo, intentando controlar a los demás puesto que no puedo controlarme a mí misma. Tambaleante, riéndome de un periodista de la competencia que lleva corbata, creyéndome un Teletubbie por lo de los abrazos y sobre todo porque estoy subnormal profunda.

Y a la mañana siguiente, al levantarme, me pregunto cómo ha llegado esta bufanda aquí, es una bufanda azul de canalé.

El momento de la verdad llega cuando, con toda la resaca, pones un pie en la redacción. Primero te preguntas cómo van a mirarte, tras el ridículo de anoche. Pero luego no te preguntas eso, porque la redacción está vacía. Entonces tu pregunta es: ¿cómo saldrá el diario de mañana?

Por alguna razón que no alcanzo a comprender, parece que el diario, finalmente, salió.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Me gustan los domingos (algunos)

Lo único bueno de NO emborracharse un sábado es que el sol dominguero de las terrazas del barrio no te derrite las retinas y puedes leer la prensa sin miedo a quedarte ciega. También puedes olvidar que tienes una taza entre las manos hasta que la maldita bastarda te transmite el frío de un café olvidado demasiado tiempo. Y disfrutar de ese momento mágico: estoyfelizsolayhagoloquemedalagana.

Los cirujanos no ven 'Urgencias' en su día libre (ellos se lo pierden). Ni los pasteleros cocinan una tarta para el vecino de arriba. A ningún actor se le ocurriría preparar un Hamlet para goce y disfrute de su tía-abuela Lourdes y los basureros no aprovechan sus horas de descanso para ofrecerse a limpiar la escalera del edificio.

Pero para mí es el único momento para intentar (a veces con suerte y a veces no): no escudriñar por qué hace lo que hace el enemigo, no buscar temas ocultos para futuros reportajes y no analizar los textos de compañeros de mesa para regalarles una crítica constructiva. Ponerme al otro lado y leer la prensa un domingo, en una terraza pija de la Avinguda Gaudí, infla una parte de mi cuerpo que no tenía inventariada.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Cinco briconsejos para fabricar una cómoda alcoholemia

El sarao de anoche da para muchas conclusiones:
  1. Los intelectuales son unos maleducados. Los hechos: cinco personas diferentes me pidieron fuego y se marcharon sin dar ni las gracias. Nadie respetaba la comida en mesas ajenas, aparecida allí por el divino azar. La premisa: la educación no se lee.
  2. Los intelectuales son feos. Los hechos: en toda la fiesta sólo encontramos a un señor digno de ser admirado por su físico. Pero era guiri y no pudo demostrar su inteligencia. La premisa: las gafas de pasta no embellecen.
  3. Es fácil colarse en una fiesta de intelectuales. Los hechos: en la puerta nos preguntaron: "¿venías a la fiesta?". La premisa: ante la duda, la respuesta siempre es "sí".
  4. Los camareros no son de fiar. Los hechos: cuando pronuncié la frase "no sé, ponme lo que quieras" una música de fondo anunciaba que, en el aire, se mascaba ya la tragedia. La premisa: si un barman tiene un cóctel especial con su nombre, te voltea.
  5. Observar el animalario cultureta es un placer. Los hechos: Desubicadas, Scarlet y yo decidimos sentarnos a mirar el pulular natural de la jungla. Resultó que nada era casual. La premisa: cualquiera que se te aproxime en una fiesta de intelectuales tiene un plan.

Soy una muerta de hambre


Hay fiestas y fiestas. Ayer asistí a una de escritores y editores, en el bar de uno de ellos. Siempre se ha sabido que los escritores son unos muertos de hambre y que no ganan para pipas. Pues ayer me mimeticé con el entorno (es lo que dicen que hay que hacer en las fistas) y me convertí, también, en una muerta de hambre (escritora, todavía no).

A la entrada del bar había una mesa con cazuelas y bandejas llenas de comida. El tema era: ¿lo tenía que comer con las manos? ¿O tenía que meter la cuchara directamente en la cazuela del arroz con verduras y llevármela a la boca? Lo ideal hubiera sido coger un plato y servirme un poco de arroz y pescado, agenciarme una mesa y ponerme a comer tranquilamente. Como siempre, lo ideal no se ajusta nunca a la realidad: no encontré platos limpios por ninguna parte. Peter Parker me animó a comer directamente de la cazuela. Yo, que todavía tengo algo de dignidad, me negué. Y me morí de hambre.

Sin haber comido nada, la bebida no tiene que compartir los circuitos del cuerpo con nada sólido que se interponga en su camino hacia la cabeza: el vino tenía pista libre para subir al cerebro. Peter Parker y yo (también estaba Sex Luthor, pero desapareció enseguida: estaba allí por trabajo, nos dijo) nos apalancamos en una mesa, intentando que nuestros estómagos no rugieran por encima de la música.

Con ese ánimo, vemos que los camareros sacan bandejas con comida. ¡Por fin! Eran los postres (bueno, el postre es algo que te comes después de haber cenado algo, pero en ese momento no estábamos para disquisiciones de ese tipo...). Pasó un camarero y cogimos un pastelito. Pasó otro camarero y cogimos dos pastelitos (no fuera caso que no volvieran a pasar en toda la noche). Pasó un tercer camarero y... ¡dejó la bandeja sobre nuestra mesa! Estábamos salvadas. Ese Dios en el que no creo escuchó los gritos de auxilio de nuestros estómagos.

Pero nos acechaba un nuevo peligro. La escasez de alimentos agudiza el jetismo y uno de los escritores se abalanzó sobre NUESTRA bandeja y nos la arrebató con ansia voraz para llevársela a su corrillo. Peter Parker y yo saltamos como lobas en defensa de nuestras criaturas. La bandeja volvió a su sitio y las dos pudimos salir de pie de la fiesta gracias a esos pastelitos, que contribuyeron con su azúcar, claro está, a que el vino que ingeríamos se convirtiera en sangría en nuestro estómago y ya sabemos que la sangría es el concorde de los aviones que vuelan alcohólicos con destino al cerebro.

Lo que vino a continuación fueron saludos fantasmas (tipo Cumbres borrascosas), viajes al pasado profesional, fotos que pusieron en peligro mi oreja, libros robados, abrigos que salieron del local en cuerpos que no eran el suyo, sobones de esos que insisten en rozar tus piernas con las suyas y va provocando tu desplazamiento por la pista, cócteles que provocan volteos, mensajes de móvil convertidos en guión de un culebrón patético y la búsqueda saboteada de un dibujante que, según unos testigos, llevaba una camisa de rayas y, según otros, iba de negro (seguramente los que lo vieron negro iban tan ciegos que las rayas desaparecieron...).

Ayer tuve un sarao. Y hoy tengo sueño.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

¿Y si lo que ofende no es verdad?





Dicen que la verdad ofende.

Un día estás en casa, llaman a la puerta, es la puta verdad, que sube por la escalera. Y te dice: "Gorda!". O te dice: "Vieja!". O te dice: "Cada día escribes peor". Incluso: "Deberías dejar de escribir". Y como es la verdad, te la crees.

Entonces te pones a hacer régimen. O no. Y si no lo haces, te sientes culpable, y cada día te ves más y más gorda frente al espejo, y también en el espacio que te deja el pantalón. Te consideras a ti misma una pesada. O te compras cremas para la cara y regalas tu dinero a la poderosa industria cosmética.
O dejas de escribir.

Haces caso a la verdad, porque para algo es cierta y certera. Siempre da en el centro del ego. El ego es una diana fácil; está a unos centímetros de quien dispara.
Además, la verdad tiene crédito. Es decir: que puede pagar tanto como quiera, porque la banca siempre le da más. Mucho más que a ti. Y la hijadelagran te embarga la fiabilidad, la reputación, el prestigio, la garantía... te deja hipotecada de por vida.

El problema es que, muchas veces, nadie se ha planteado siquiera si la verdad es verdadera. O sea: dicen que la verdad ofende. Y algo te ha ofendido. Por eso has creído que era verdad.

Pero eso es una falacia. Una falacia es una cosa que te enseñaban en clase de filosofía mientras tú soñabas que te enrollabas con el profesor en prácticas debajo del eucaliptus del patio y que indicaba:

Si P entonces Q
Ocurre que Q
Por lo tanto, P

P=Verdad. Q=Ofende

Si la verdad ofende
ocurre que te ofende
por lo tanto, es verdad.

Algo así. Eso responde a la lógica y yo siempre suspendí en eso, porque para mí todo es ilógico. Para empezar, la gravedad: un fenómeno que te mantiene con los pies en el suelo no puede ser tan grave.

Pero volvamos al ejemplo Pequoso: Las premisas son verdaderas sin ofender, pero la conclusión es falsa.

Una visita a Wikipedia, ese campo de falacias, dará lugar a la siguiente cosecha:
"Las falacias se usan frecuentemente en artículos de opinión en los medios de comunicación y en política".

Bueno. Sea como sea: ahí está la verdad, ofendiéndote. Porque ofende quien puede, no quien quiere. Y ella puede hacerlo, porque lo dice el dicho: La verdad ofende. Y lo dicho, dicho está.

Y claro, quién pondría en duda la verdad.

La cuestión es que tal vez no se te hayan ensanchado las caderas, sino que ha menguado tu pantalón porque lo metiste en agua caliente. Y lo que ha engordado en realidad ha sido tu ego, porque tú lo vales, y la verdad no lo puede soportar.
O tal vez no es que hayas envejecido, sino que has madurado, otra de esas características que revientan a la puta verdad.

Tal vez escribas cada día mejor. Pero eso quién va a decírtelo. Sobre todo ahora que se descubre que los españoles no saben leer.

En cualquier caso, ahí la tienes, en tu propia casa. Y sería tan fácil cerrarle en las narices. Empujarla para que caiga rodando por la escalerla. Echarla para siempre y que se muera.

Pero por alguna extraña razón, la verdad siempre tiene las puertas abiertas. Y entra.

Sueños para no dormir


Esta noche he soñado que visitaba el apartamento de una amiga. Tenía la casa llena de zapatos, esparcidos por las habitaciones, el comedor y la cocina. Pero ¡ay, horror, yo iba descalza! Me ponía a buscar entre sus zapatos desesperadamente, a ver si encontraba los míos. Y, evidentemente, no estaban por ninguna parte. Había zapatos de vieja, sandalias gastadas, botas con la suela hecha polvo, mocasines de hombre... pero ni rastro de mis zapatos. Mi amiga se impacientaba, teníamos mesa reservada en un restaurante y, claro, nos la iban a quitar de las manos. Total, que me veo saliendo de la casa con los pies desnudos. Y con la dignidad, por los suelos -que yo pisoteo, para más inri, con mis pies descalzos-.

Pasado este mal trago, el subconsciente me traiciona de nuevo. En un abrir y cerrar de ojos (y eso que mientras uno duerme las pestañas siguen pegadas), el sueño me lleva a otro lugar: mi trabajo. Entro en la redacción y encuentro mi mesa con las patas cortadas, apenas me llega a las rodillas. Nadie, a mi alrededor, parece haberse percatado de nada. Pero al preguntar, me dicen que se han llevado mi mesa a arreglar. Salgo al pasillo y, efectivamente, encuentro a una mujer trasteando con las patas de mi mesa. "Las estoy arreglando y entre hoy y mañana tendrás tu mesa a punto", me dice. "Y mientras, ¿cómo trabajo?", le pregunto, desesperada. Ella se encoge de hombros: tanto le da si me tengo que sentar en el suelo (¡otra vez el suelo!) para editar textos, pensar titulares ingeniosos, encargar artículos y responder correos.

Hay noches en las que es mejor emborracharse y no dormir. Es una crueldad como pocas que tu propio cerebro se vuelva contra ti y te torture.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Luces de Navidad y cara de perro

Lo jodido de la Navidad no es que deprima, eso ya forma parte del tradicionario y es políticamente corrento. Lo jodido es que, si estás jodido, no puedes ir por la calle con cara de perro, ni con los ojos inflados porque te ha dado por ponerte a llorar ahí mismo, desvalida como un personaje de Dickens.

Porque la cara de perro y la de niña-triste-Dickens no dan bien con las luces que cuelgan de los cables de la luz y las farolas. Y porque esa frialdad de los urbanitas tan necesaria en esos momentos se transforma de repente, dominada por el espíritu de la lotería, en una señora con abrigo interminable y maquillaje heterogéneo que se acerca y te dice: "Nena, ¿estás bien?". Lo único que se puede hacer entonces es decir que la culpa es de la Navidad, que te deprime.

¡Hay que joderse!

viernes, 7 de diciembre de 2007

Mecagüentó


La semana pasada me cagué en todo. Especialmente en la gripe intestinal que me mantuvo esposada al váter.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Hormigas a la vista


Todo se ve diferente desde la planta 27 de un hotel de lujo. Las lucecillas son microcerillas encendidas, perennes y en movimiento. El ruido de la ciudad (la prueba de que hay vida en ella) llega muy apagado. Los horizontes se amplían y se acercan más a tu mano. Y las personas se han convertido en hormigas.

Es imposible quitarse de la cabeza la idea de que los ricos viven por encima de nosotros si se pueden permitir pagar una habitación en la planta 27 de un hotel de lujo, con acceso restringido y trato exclusivo. Ellos, los ricos, ven siempre a las personas como hormigas en un terrario. Estudian y controlan sus movimientos. Sus flaquezas y sus puntos fuertes. Pueden incluso aplastarlas, porque ni siquiera las conocen: las hormigas, al fin y al cabo, son todas iguales, es imposible encariñarse con una en especial.

Es poco probable que los ricos puedan vernos de otra manera, puesto que siempre escogerán la habitación más alta del hotel de lujo. Y desde allí arriba, todos somos hormigas. Y en hormigas nos convertimos.

Cuando llegué a mi casa, en una humilde planta baja, todo volvió a su lugar: las luces de la calle dejaron de ser luciérnagas para inmiscuirse en mi comedor; el ruido llegaba con todos sus decibelios, ni uno más, ni uno menos; y las personas recuperaron su tamaño y su dignidad.

Todo iba bien, hasta que entré en la cocina: había un ejército de hormigas intentando adentrarse un bote de melocotón en conserva que había hecho mi madre. Atraídas por el olor dulzón del almíbar, fueron capaces de recorrer toda la cocina para llegar hasta la estantería de las conservas. ¡Y claro, las tuve que aplastar a todas para que no acabaran con mis reservas!

Y ahora no sé que soy, si hormiga o oso hormiguero.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Noticias que despistan y apestan


La noticia irrumpió ayer a media tarde como una bomba: la infanta Elena y don Jaime de Marichalar se dijeron "hasta lugo, duque" (ver nota al pie de página).

Las reacciones entre los plebeyos fueron diversas, pero la pregunta que más sonó fue: "¿Todavía estaban casados?". De hecho, todavía lo están, y lo estarán por un tiempo, puesto que la Casa Real ha puesto mucho empeño en incidir en que se trata de "un cese temporal de su convivencia matrimonial". Vamos, separación, con todas las letras. Lo que pasa es que a los reyes no les pueden pasar las mismas cosas que a los mortales, por eso se dice que tampoco mean ni cagan. Es demasiado vulgar.

Hay otra versión de los hechos. Los hay que dicen que se trata de una cortina de humo para hacer callar todos los debates sobre lo acontecido en la Cumbre Iberoamericana. Y de hacer callar, el rey sabe un rato. Por eso es sospechoso que la noticia saltara justo ayer, en plena resaca del combate público Hugo-Juanca.

En cualquier caso, la noticia está ahí, y aunque no quieran llamarlo por su nombre (separación), la cosa es que son iguales de humanos que nosotros y cometen los mismos errores (rejuntarse con la persona equivocada, la plaga del siglo). Al final, la sangre roja y la azul son tan iguales y van a quedar tan mezcladas, que vamos a ser todos del Barça, por vía intravenosa.

N. de la A.: hay algo que me está afectando al cerebro y no sé qué es.

viernes, 9 de noviembre de 2007

A veces es necesario que te digan que te falta una pierna para que cojees

A veces es necesario que te digan: "Vaya cara de sueño llevas" para que te sientas cansada
A veces es necesario que te digan: "Cállate" para que cuando hables te dé la risa
A veces es necesario que te digan: "Hace frío" para que te tiemblen hasta las uñas
A veces es necesario que te digan: "Lo has hecho bien, little girl" para que reconozcas tus méritos
A veces es necesario que te digan: "La estás cagando" para que, AHORA SÍ, rectifiques a tiempo
(Gracias)