viernes, 7 de marzo de 2008

Encuentros en la tercera fase


Mi madre va mucho de hospitales, últimamente. Y sabe mucho de encuentros en la tercera fase, porque cuando estás en los boxes de urgencias de un hospital, es como estar en el umbral... de la tercera fase. Claro, que Umbral ya traspasó a su apellido hace unos meses... Bueno, al grano. Estaba mi madre con una amiga suya en uno de los boxes, cuando le soltó, como para darle conversación:

—El otro día volví de mi pueblo, de Tararí.

Su amiga no contestó, de tan traspuesta que estaba por la medicación que le acababan de dar, pero la frase de mi madre encontró respuesta más allá... de la cortina que separaba las dos camas del box. Una voz femenina, débil, consiguió sortear la cortina con la fuerza suficiente para que mi madre oyera esto:

—Yo soy de muy cerca de Tararí, nací en Tararó.

—¡Qué casualidad! —exclama mi madre enseguida (la gente de Tararí y Tararó no suele abundar lejos de sus confines)—. Yo soy hija de Pin y de Pan. A lo mejor los conoce.

Mi madre ya se había acercado tímidamente hacia la voz, con la intención de correr la cortina y poder mantener una conversación normal. Aunque fuera a las puertas de la tercera fase.

—Claro que conozco a sus padres —respondió la voz, ahora ya con cuerpo de abuelita encogida, cabellos disgregados y mejillas hundidas—. Yo conocí sobre todo a sus abuelos, Perico y Lola. Fuimos vecinos en los pisos de la estación de tren de Matarile. Mi marido era ferroviario y su abuelo era el jefe de la estación.

—Efectivamente —dijo mi madre, que para entonces ya había conseguido situarse bien cerca de la abuelita que, desde la cama donde estaba postrada, la estaba llevando de la mano hacia su infancia.

—Yo me acuerdo mucho de su abuela Lola. Nos hicimos muy amigas, a pesar de nuestra diferencia de edad. Recuerdo que casi siempre estaba enferma, pero nunca sabía lo que tenía.

Mi bisabuela, a la que conocí y a la que siempre recordaré enseñándome a jugar a la brisca y a hacer ganchillo (lo primero me divertía mucho más), tenía diabetis, pero en los años 40 y 50 esa enfermedad ni se conocía, y andaba todo el tiempo medio mareada e indispuesta.

—Pero su pesar más grande no era que siempre se encontrara mal —continuó la abuelita—. Lola tenía otro problema. Se sentaba a mi lado, en la cocina, y empezaba a lamentarse. “Ay, ay”, me decía, “mi Perico se ha enamorado de una maestra”.

Mi madre se quedó muda —muy raro en ella—, pero se tragó su propio silencio, muy espeso y doloroso, y dijo:

—Sí, ya lo sabíamos. Pero creíamos que no lo sabía nadie más y que la familia lo estaba llevando con mucha discreción y dignidad.

Toda la dignidad con la que se puede llevar una doble vida, forzada por unos tiempos, llenos de candados, en los que la libertad sólo podía vivir dentro de las personas, sin atreverse a sacar la cabeza.

Cuando mi madre me llamó para contarme esta historia de la abuelita en el hospital, ella creía que estaba revelándome un secreto familiar, el de que mis bisabuelos nunca fueron felices y que, durante un tiempo, tuve una ‘bisabuela paralela’.

—Mamá, yo ya lo sabía. Diez años después de morirse la yaya Lola, cuando papá y tú os separásteis, soñé con ella y después de abrazarme muy fuerte y darme muchos besos, me lo contó todo.

Eso sí que fue un encuentro en la tercera fase.

lunes, 3 de marzo de 2008

Desesperación

¡¡Ecooo, eeecoooo!! Haciendo llamamiento a Peter Parker y Sex Luthor: Scarlet Ojala se siente un poco sola.

viernes, 29 de febrero de 2008

Hay que ser masoquista...


Como puedo, me levanto a las seis de la mañana, meo en la taza del váter (creo), me visto aún con los ojos cerrados, desayuno un vaso de leche con cereales, cojo la mochila, abro la puerta de mi casa y salgo a la calle. Allí me esperan siete minutos de caminata a paso ligero, por aquello de ir calentando motores y despertando espíritus, y llego a mi destino. La puerta se abre automáticamente: tiene un detector de zombis en la parte superior y los cristales se separan para dejarte pasar. Acabo de llegar al gimnasio.

Lo peor está por llegar. Pero yo ya estoy ahí. Y eso ya me parece un milagro. Voy a la sala de bicicletas y rapiño una que no esté lo suficientemente lejos del monitor como para que no controle la resistencia de mi aparato y lo suficientemente cerca como para oír sus instrucciones (en estas clases la música maquinorra se pone muy alta, el monitor grita mucho y la gente resopla; es como estar en la barriga de un barco con los motores a toda pastilla metidos en tu oreja, los operarios resoplando en tu pescuezo y el capitán dando órdenes como un desesperado).

¿A que motiva un montón lo que os estoy contando? Pues el otro día, el que tenía al lado, 20 años más que yo, como mínimo, iba bailando con la cabeza, además de darle a los pedales con brío y subir y bajar del sillín repetidas veces, siguiendo al pie de la letra las instrucciones del monitor. ¡El tipo se lo estaba pasando en grande! ¡Con esas bicicletas que no te llevan a ninguna parte! A mí, al único lugar donde me llevan es a la maldición y a la obsesión: maldigo el momento en el que puse los pies en el suelo, fuera de la cama, y sólo soy capaz de pensar en la ducha que me espera después de la gran sudada. No puedo pensar en bailes de discoteca, ni en el paisaje que podría ver si esa bici, en lugar de estar clavada en el suelo, tuviera ruedas de verdad y rodara por paisajes bucólicos rollo Monet.

¿Qué intento demostrarme cada mañana con tamaño sacrificio? Todavía no lo he entendido. Sólo sé que, cuando estoy bajo el chorro tonificante de la ducha, los tres cuartos de hora de incesante pedaleo se vaporizan, como el agua caliente, y desaparecen. Cierro los ojos, los abro y me siento renacer: el día de verdad empieza entonces, no cuando me ataba las bambas entre sueños.

martes, 19 de febrero de 2008

Posturas indecentes


Intento hacer la compra por Internet y lo estoy pasando fatal. Mi pantalla no la ve nadie de mi equipo, pero sí personas de otros departamentos, que no saben que trabajas como una idiota pero que, una vez cada X, te entretienes más de una hora comprando en el súper on line. Que te vea gente de otra área comprando compresas con alas por Internet es súper chungo. Todos coqueteamos con la Red varias veces al día, pero que pillen atrapada en el pasillo de los detergentes, comparando precios y olores, es otra cosa muy distinta. Evidentemente, el que tiene ángulo visual directo hacia mi pantalla es el más cotilla de todos y seguro que comenta la jugada en la comida. Y voy a ser la comidilla de todos.

El caso es que voy desviando la pantalla hacia una postura que creo que, como mucho, lo único que verá el cotilla de detrás es una pantalla borrosa, que hace aguas. Pero claro, eso me obliga a contornearme de una manera poco sana. Cuando me canso, pongo la pantalla recta y, durante un ratito, hago ver que miro los correos, edito un reportaje o busco pies de foto. Pero eso me entretiene un montón y no puedo perder el hilo de la lista de la compra, que luego no sé si he estado en el pasillo del papel del váter o no, así que tengo que mirar en el carro virtual (si fuera de verdad, no lo podría arrastrar) y buscar el maldito papel del váter. Una agonía. La compra en estas condiciones no se acaba nunca y las posturas indecentes acaban por machacarme el cuerpo.

Otra técnica es avalanzarse sobre la pantalla, haciendo ver que te interesa tanto lo que estás editando que tienes que tocar la pantalla con los ojos. Así el propio cabezón hace de muro protector contra cotillas y es casi imposible ver, entre la melena y las orejas, qué es lo que menda lerenda está leyendo con tanto ansia.

Mientras tanto, no paro de pensar en el anuncio de Telefonica, ése en el que el jefe se dirige a toda la oficina para decirles que hay un pack tan barato que mirar Internet en el trabajo es un crimen, no porque dejes de trabajar, sino porque, en realidad, ya no ahorras nada por no gastar teléfono en casa.

Y si supiérais cómo escribo los posts, fliparíais.

martes, 12 de febrero de 2008

Carta al director


Inventarse cartas al director es un ejercicio muy sano. Uno debe ponerse en la piel de un lector cualquiera e intentar imaginar aquellas cosas que le pueden inquietar. ¿Quizás le ha preocupado especialmente aquella noticia que apareció sobre la amenaza que se cierne sobre los pingüinos de la Antártida por culpa del cambio climático? Nos tienen acribillados con eso cambio climático, seguro que el asunto ha empezado a preocupar a alguien de verdad.

¿O mejor debería pensar que mi lector imaginario, en el que estoy a punto de enfundarme, está más interesado en que investigar la muerte de Lady Di cuesta casi 8 millones de euros? Ya se sabe, todo lo que pueda rascar a nuestro bolsillo nos afecta sobremanera...

No sé, creo que al final voy a decantarme por el tema deportivo y los éxitos de Gasol con los Lakers. Siempre es más interesante saber que un español ha marcado 12 puntos, ha recogido 8 bolas y ha hecho 5 pases que han acabado en canasta en un partido de la NBA que publicitar que el Joventut ganó la Copa del Rey contra un Tau que jugaba en casa —¿a quién le importa eso?—.

Os invito a que leáis mañana la sección de cartas al director de todos los diarios. Si encontráis alguna sobre los pingüinos, Lady Di o Pau Gasol, ya sabréis quién la ha escrito.

jueves, 7 de febrero de 2008

Alguien quiere que yo no trabaje


Lo que os voy a contar ahora tiene mucho de paranormal y poco de normal. Ayer me dormí. Bueno, diréis, hasta aquí nada fuera de lo común. Es cierto, dormirse no tiene nada de especial. Pero que el propio cable del despertador bloquee el botón por el cual se acciona eso que se llama alarma y que, como su nombre indica, te alarma para que despiertes de golpe, pues yo creo que eso es cosa de los espíritus.

La cosa no acaba ahí. Después del susto de ver la hora en el despertador (9:12, no se me olvidará en la vida, mi jornada laboral empieza a las 9:00), una se va pitando al baño, hace una ducha rápida, se viste aún más velozmente y se prepara la comida en un tupper en un plis plas. Voy tarde, pero todo está controlado, pienso. Nada más lejos de la realidad.

El siguiente episodio está aún por resolver y todavía, después de haberlo pensado mucho, no he hallado explicación alguna a tal misterio (¡Dioosss, me parezco al del Cuarto milenio ese!). Bueno, basta ya de intrigas. En resumen: mi casa se convirtió en mi propia cárcel. No encontraba las llaves por ningún lado y, sin ellas, no podía traspasar eso que se llama puerta. Estuve media hora buscándolas, con los consiguientes nervios, claro, porque os recuerdo que yo ya iba un poquito tarde...

Busqué varias veces por los mismos lugares hasta que, en una tercera batida, las llaves salieron de bajo un cojín, en un sofá cama para invitados en el que no me siento nunca... ¿Cómo fueron a parar hasta ahí? Mmmm... Yo sólo he encontrado dos explicaciones: o soy sonámbula o una hada madrina no quería que ayer fuera a trabajar. La seguna respuesta es la que más me gusta, pero no entiendo porqué este hada madrina aparece sólo una vez al año...

sábado, 2 de febrero de 2008

No te bajes los pantalones por la cultura


Esos pesebrazos acaban siempre con un after en mi habitación. Te has pasado dos días en Andorra para celebrar un premio literario, y los organizadores te han invitado a Caldea para que te remojes en el jacuzzi. Pero, ¿cómo vas a relajarte viendo a los escritores en bañador? Escritores más bien mayores, casi jubilados, que pueden permitirse dos días en paños menores.


Llevas dos días comiendo y bebiendo sin parar, ha ganado el premio una chica que no conces. En el Buda, música trallera y todos los jefes, que beben y beben como los peces en el río y los salmones. La fiesta acaba a las tres, demasiado pronto, y dices: "Vamos todos a mi habitación". Maldita borracha.


Y ahí estaban todos. Uno se había puesto el albornoz para poder transportar los botellines de su propio minibar en los bolsillos; se había anundado el cinturón del albornoz al cuello e iba en zapatillas. Otro hablaba de culos. Tiene controlados todos los culos femeninos del sector editorial y, contra lo que yo siempre había creído, el mío no es el mejor. Por lo visto hay uno que me supera. Yo, claro, no puedo saberlo, porque casi nunca veo mi culo, sólo cuando me lo fotografían. Pero por lo que sé de él, por lo que bien que suelen hablarme sobre su manera de ser y por lo bien que funciona, me cuesta creer que haya un culo mejor.


En fin, en el after no faltó el típico maricón tramposo. El maricón tramposo es aquél que, utilizando la excusa de que es gay, se aprovecha de la confianza de las mujeres, y al final es el que se atreve a tumbarse en tu cama, en plan: "Uy, estoy muy cansado, qué cansado estoy". Los demás invitados, entonces, se largan. Y cuando te quedas a solas con el maricón, entonces descubres que es un tramposo, porque a él, mientras pueda enseñar sus nuevos calzoncillos Calvin Klein que acaba de comprarse en Andorra, todo le va bien.


El problema del maricón tramposo es que yo siempre he sabido que lo es; maricón tramposo, quiero decir. Hace demasiados años que nos conocemos. Además, él había cometido el error de comentarme que quería estrenar sus calzoncillos nuevos, y no había nadie más allá con quien hacerlo.


Así que se la devolví, ejerciendo de fresca tramposa. Es decir: hice de fresca ("yo también soy una viciosa, o qué te crees, viva el morbo"), hasta que hubo que demostrarlo. Entonces solté la misma excusa que había utilizado él para quedarse: "Uy, estoy muy cansada, qué cansada estoy". Y tuvo que largarse con el rabo entre las piernas. Bueno, o al revés.


Conclusión: este mundillo es un putiferio de cuidado. No te bajes los pantalones por la cultura.


viernes, 1 de febrero de 2008

Jodidas baldosas


¡Ufff! Hoy me ha vuelto a pasar. Iba yo caminando por la acera tan tranquilamente (bueno, tranquilamente no, porque llegaba tarde al trabajo), cuando he pisado una de esas baldosas-mina o baldosas-trampa. Son esas baldosas que engañan, porque parece que estén bien colocadas, pero, en cuanto las pisas, se desequilibran y te sueltan un chorro de agua sucia que sale de las profundidades para dejarte perdidos los zapatos y los pantalones.

Ayer me pasó y me disgusté un montón. Hoy me ha vuelto a pasar y me he indignado. Y más todavía cuando pienso que vengo quejándome de los charcos de agua negra y viscosa que se forman en las calles del Cairo cuando llueve. Allí, al menos, la mierda se ve y puedes esquivarla. Aquí, en cambio, la mierda acecha bajo una apariencia de orden y pulcritud ¡y te ataca cuando menos te lo esperas!

Mmmm, vaya, me estoy dando cuenta de que acabo de hacer el descubrimiento del siglo...

jueves, 31 de enero de 2008

Eso es una metáfora y el resto son tonterías


Estaba yo el otro día con uns amigas hablando pues, eso, de lo típico que hablan las mujeres cuando beben, de lo complicadas que son las relaciones y bla bla bla. En concreto, una de ellas estaba hablando de su enamoramiento. Resulta que nunca antes había estado enamorada y se descubría pensando en su amado todo el día, mirando al móvil constantemente y enfadándose si él no estaba pendiente de ella en todo momento... Acababa de descubrir, en definitiva, que el enamoramiento es una arma de doble filo: por un lado, te hace flotar y, por el otro, te puede hundir, sobre todo si te obsesiona la idea de que tu amado puede dejarte. Ella se encontraba ante ese abismo.

Nosotras intentamos explicarle que el problema lo tenía ella, porque él no había dado en ningún momento señales de abandonamiento y, en cambio, ella estaba insegura y obsesionada. Pero le costaba verlo.

Después de trescientas cervezas, a una le vienen ganas de ir al lavabo, claro. Y una de las amigas se fue al baño. Al regresar, dijo, mirando fijamente a la amiga obsesionada: “Tengo una metáfora muy buena que creo que te servirá. En ese lavabo hay un espejo delante de la taza del váter y te ves meando”. La aludida pareció no entender nada. Y yo añadí: “Vaya, que por primera vez te ves a ti misma en esa posición ridícula de mear medio de pie para no sentarte en la taza. Y te das cuenta de que es así como te vería cualquier persona si entrara en el lavabo en ese momento”.

Yo creo que es una metáfora muy buena. Y creo también que todos deberíamos ir con un espejo encima, para poder vernos desde fuera en todo momento. A veces los amigos hacemos de espejo e intentamos que nuestros amigos se reflejen en él y se vean desde otra perspectiva, pero no siempre lo conseguimos.

Yo, por si acaso, me he quedado con la dirección del bar, para recordarme que a veces podemos llegar a hacer tonterías sin darnos cuenta, porque no nos vemos.

martes, 29 de enero de 2008

Empujones de vida en el Cairo


Desde el avión, la ciudad del Cairo no tiene fin. Se extiende y extiende más allá de los confines que el ojo humano puede alcanzar. 18 millones de habitantes no son poca cosa. Es incluso emocionante pensar que, cuando el avión aterrice, serás uno más entre 18 millones. El anonimato por excelencia: convertirse en una montaña más de carne en movimiento entre una población equivalente a media España.

Cuando pones los pies en el suelo, las expectativas no defraudan. De hecho, no creo que ni uno solo de los cairotas se haya quedado con mi cara: iba todo el rato mirando al suelo. No por vergüenza. No por sentirme extraña. No por no querer llamar la atención. Es que si te despistas, te puedes meter un leñazo de mucho cuidado. No hay acera que no tenga agujero cada cinco metros. O que esté ocupada por un charco de agua negra, llovida desde un cielo contaminado por un CO2 espeso y oloroso. Las vallas también les encantan. Las ponen por todas partes. Caminar por el Cairo es un deporte de alto riesgo: las aceras son criminales y por la calzada circula la muerte a gran velocidad, en forma de taxis y minibuses que pitan a todo lo que se mueva, para alertar de su presencia y pedirte que, si no te quitas, te vas directo al cielo. Y claro, ¿quién quiere ir al cielo del Cairo, que se está quedando sin oxígeno?

El anonimato se acaba cuando entras en la calle principal del zoco del Cairo, Khan el-Khalili. Allí, automáticamente, pasas a llamarte Carmen. Oyes Carmen por todas partes, reclamando tu atención para endosarte pañuelos, pirámides de plástico de colores, papiros falsos que no le regalarías ni a tu peor enemigo y bustos de faraones dorados. Un horror. Pero dos callejuelas más allá del circuito turístico, vuelves a ser invisible: sólo se percatan de tu presencia cuando tienen que empujarte para ir de un lado a otro. De todas formas, prefiero que me empujen para pasar que me empujen a comprar en esas tiendas de souvenirs, que son una verdadera pesadilla.

Al llegar a mi vida normal y ordenada, donde los coches respetan eso que se llama carril y semáforo, la gente me pregunta: ¿cómo es el Cairo? Y yo respondo: puedo hablarte del suelo del Cairo, pero poco de sus edificios y de su aspecto como ciudad. Puntuales son los momentos en los que uno se atreve a alzar la mirada hacia arriba para ver un edificio de viviendas, un balcón curioso o un letrero luminoso que pueda llamar tu atención. Dejar de fijar la vista en la tierra es como hacer un triple salto mortal: no sabes dónde ni cómo puedes aterrizar.

Cualquiera diría que el Cairo me ha encantado. No es ninguna contradicción: la vida que se respira allí y que genera tanto caos acaba por atraparte, por hipnotizarte de algún modo. Te das cuenta de que, sin ese caos, la ciudad no tendría ningún encanto. Ningún atractivo. Y sin ese caos es difícilmente comprensible la pátina de decadencia que envuelve a los edificios, a las callejuelas y a las calzadas sin asfaltar.

El caos del Cairo o te atrapa o te expulsa. Y a mí me atrapó.

jueves, 17 de enero de 2008

Un galardón para Gallardón


Una noche soñé que me enrollaba con Gallardón. No recuerdo que fuera una pesadilla, tampoco que fuera un sueño erótico. Creo que salíamos de cenar en un restaurante, y que me pasaba un brazo sobre los hombros y que me invitaba a su casa. O todavía más inocente: me señalaba, simplemente, el apartamento en el que vivía. Después de sortear un socavón que había en la acera.


Luego nos besábamos en los labios y yo le decía que me tenía que ir, entre otras cosas porque mi padre iba a matarme, o a matarle a él. Y él dejaba que me fuera. Y me desperté.

Eso no convierte a Gallardón en el hombre de mis sueños, porque para eso tendría que haber soñado con él más de una vez, porque los sueños son plurales, y el sueño, el suyo, ése de ser presidente, es muy particular. De plural, nada.

En mi sueño, bastó con despertarme para discernirlo de la realidad. Ahora nos hacen creer que Gallardón también se ha despertado a bastonazos: los que le ha dado Rajoy. Pero es mentira.

Quien sueña ahora, de hecho, es el pobre Rajoy, que vive totalmente engañado. Incapaz de despertarse porque él siempre va dormido.

Es decir: Gallardón, tan despierto, él, se hace la víctima, consciente de que eso lo hace aún más popular, si cabe, de lo que ya era. Pobrecito, mira cómo me enseña el apartamento en el que vive, y no se atreve a invitarme a subir. Mira qué caballero y qué gallardo es que, pese a la paliza de la Espe-jode-Madrid y de la traición del de la barba sucia, él sigue fiel al partido en el que ya militaba su padre, y que a veces hace que le salten las lágrimas. Y qué sucio es Rajoy, tanto como su barba, que se saca de encima a quienes pueden hacerle sombra.

Y luego, después del 9-M, cuando el cobarde Rajoy saque el peor resultado de la historia del PP, todo el mundo se acordará de ese caballero, qué gallardo, qué bueno y qué sensible es Gallardón. Cómo merecía estar en las listas electorales.

Pobre víctima. "He sido derrotado".

Qué pedazo de actor. ¿Y qué es la política si no hipocresía, puro teatro?

Los presidentes del gobierno español posteriores al franquismo tienen la Z de Zorros en sus apellidos. Adolfo Suárez, Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero. Calvo Sotelo no fue elegido en las urnas, sino que sustituyó a Suárez. De todos modos, mi primo Zantiago siempre lo llamó Zotelo.

Rajoy lo tiene crudo. Y Ruiz Gallardón lo sabe. Un tipo que ha destripado la capital, la ha reconstruido de arriba abajo, se ha casado con una Utrera y se ha metido en el bolsillo al resto del país (y de El País), sabe lo que está haciendo.

En fin, que yo le daría un Goya. Un Globo de Oro. Un Óscar. Un pedazo de galardón.
Mierda! Acabo de darme cuenta de que los presidentes NO tienen una Z en sus apellidos, sino DOS:
Adolfo SuáreZ GonzáleZ
Felipe GonzáleZ MárqueZ
José María AZnar LópeZ
José Luis RodrígueZ Zapatero...
Eduardo Zaplana HernándeZ-Soro. PODRÍA SER PRESIDENTE!!!!
Claro que Gallardón sólo es la segunda parte de un apellido:
Alberto RuíZ-Gallardón JiméneZ.

martes, 8 de enero de 2008

¡Me quiero ir!

¿Qué haces cuándo tu mente está en Egipto (dentro de tres días salgo para allá volando) y tu mente bifocal, tus dedos tecleadores y tu mirada están concentrados en textos que hablan de Sitges?

viernes, 4 de enero de 2008

Master en Coma


Por razones que no vienen al caso, pasé la Nochevieja con dos amigos en un restaurante hindú en una de las calles más aparentemente peligrosas de la ciudad. Los indios se portaron de puta madre, la comida estaba buena y al final nos ofrecieron una docena de uvas a cada uno y una botella de cava.

Del cava pasamos, pero de las uvas no, porque mola seguir la tradición y preservar la superstición. La cuestión: que todo estaba preparado para encararnos al único momento del año en el que es importante saber qué hora es al segundo. Enviamos algún que otro SMS, los indios nos pusieron La Primera, nos preguntamos dónde estaría Ramón García, comentamos cuál sería el primer anuncio de 2008...

Y entonces, ocurrió.

En la pantalla, sobreimpreso en el campanario de la Puerta del Sol, ahí estaba.

Mastercard ponía: "Equivocarte con los cuartos, no tiene precio".

Así, con toda la coma entre sujeto y predicado.

A mis dos amigos y a mí se nos indigestó la cena y nos atragantamos con las uvas antes incluso de habérnoslas llevado a la boca. Toma ya televisión pública, educando a los millones de españoles que en ese preciso momento (el único que es importante hasta el segundo) se decían que Anne Igartiburu estaba metiendo barriga.

Primero pensé que se trataba de una estrategia para acabar con todos los intelectuales del país, capaces de indigestarse y atragantarse ante tamaña aberración. Como le contaba hace un rato a Al, supongo que este intento de genocidio no puede considerarse delito, sino falta.

Luego pensé que Mastercard nos dedicaba un mensaje subliminal: coma.

O sea, que nos mandaba que nos comiéramos las uvas. Como si no se tratara de una tradición ni una superstición, sino de una obligación de tarjeta.

Como si fueran quienes ponen la pasta los responsables de que comamos en los cuartos.

Como, en cualquier caso.

Y tragamos.

Nosotros tres, y el resto de españolitos que en ese preciso momento en el que te das cuenta del momento también se llevaban las uvas a la boca. Todos tragamos.

Los hindúes, mientras tanto, se partían el culo. Luego nos inivtaron a whisky.

Así que 2008 ha empezado con un mensaje partido, o una frase partida.

Todavía me pregunto cuál es la metáfora.

viernes, 28 de diciembre de 2007

El desierto en casa




¿Por qué la gente se va al desierto del Sáhara cuando quiere saber lo que es la solitud? ¿No han probado nunca ir a trabajar un día laborable entre fiestas (léase Navidad)?

Lo único que cambia es que, en lugar de dunas de mítica tierra dorada, hay mesas con ordenadores encima. Y en lugar de oasis con palmeras y pozos de agua, hay máquinas con bebidas. Y todas a tu disposición, claro, porque no hay nadie más en la oficina. ¡Qué más se puede pedir!

viernes, 21 de diciembre de 2007

Viva el servidor... ¡cuando no funciona!


¿Qué haces cuándo quieres trabajar y no puedes?

Hoy quiero trabajar un montón (los viernes estoy que me salgo), pero el servidor no funciona, no puedo acceder a las páginas de la publicación y no puedo editar ningún texto.

Es muy jodido que un viernes, después de una semana de duro trabajo, esté condenada a:
1) Pasearme por el youtube
2) Escribir la nota del regalo del amigo invisible que me toca entregar el martes a un pariente de la familia política (¿por qué le llaman política cuando no es tuya, porque con ellos tienes que ser más políticamente correcto en todo siempre?)
3) Hacer una lista de chorradas en el blog
4) Hacer cafés
5) Comer turrones que llegan a los compañeros de la revista de gastronomía que hacen al lado
6) Compartir los hallazgos del youtube con los compañeros
7) De vez en cuando, despotricar porque no hay servidor (hay que mostrar indignación, si no, parece que te alegres....)
8) Oír éxitos de los 80 en la radio (ahora mismo tocan aquello de 'las maravillas del malai uo uo uoooo')
9) Contar los minutos que faltan hasta las dos y rezar para que el servidor no se ponga en marcha a las dos menos cinco
10) Inventarme algo para poner en el número 10 de la lista

Uffff!

jueves, 20 de diciembre de 2007

Al día siguiente






Las cenas de empresa son una putada. Porque primero tú estás allí, flipando con que te inviten a una copa de cava antes de empezar, pensando que tu jefe es la hostia. Luego el camarero te va sirviendo cada vez que le das un sorbo a tu copa. Y tú te sientes, no sé, solidaria, que es lo que pasa con el espíritu navideño, y te dices: "qué coño, voy a hablar con el tío de economía, que nunca he hablado con él".

Te acercas con tu copa de cava al tío de economía, le dices: "Feliz Navidad", y él te mira con suspicacia, como si fueras a cobrarle el IPC, si es que el IPC se cobra. Yo creo que no se cobra, sino que sube. En cualquier caso, el alcohol hace lo mismo que el IPC, primero sube y luego te cobra una buena resaca.

En fin, con el tío de economía, la conversación no fluye, así que te diriges a la chica de administración. Todavía peor, ella cree que le vas a rendir cuentas porque tu última factura no cuadra. Brinda con una media sonrisa muy forzada y después se va. Intentas hablar con la secretaria de dirección, pero tiene otras cosas que hacer, como estudiar cuándo llegarán los tíos buenos. Nada que reprocharle, por cierto, porque tú también esperas eso mismo. Igual que ellos esperan a las rubias con botas.


Y por fin empieza lo que oficialmente se llama "la cena". "La cena" consiste en unos canapés que no están mal: croquetas de setas, mil quesos, pan con jamón, yo qué sé. Y no lo sé porque estoy más ocupada en beber que en comer. Como todo el mundo, me temo.

Entonces llega el momento de la alegría. Y eso empieza a ser peligroso. Porque a mí, cuando estoy contenta, me da por bailar. Y tanto me da no tener pareja de baile. Así que hago el ridículo más espantoso mientras muevo el esqueleto que a mi edad ya no es sólo esqueleto, y el jefe me mira, y el de economía me mira, y la secretaria me mira, y toda la puta redacción me mira. Pero como voy muy ciega, no veo que me miren. Y aunque los viera, me da igual.

Afortunadamente, uno de deportes se saca la chorra y se la enseña a todo el mundo porque tiene los huevos largos y me quita protagonismo.

Y como todo lo que sube -menos los precios- tiene que bajar, llega el otro momento crucial: el de los bajones. El mío es especialmente trascendental, y me hago la romántica, sentada en un rincón con la mirada perdida reflexionando sobre la inmensidad de la vida y la indefinición de la muerte y las copas de whisky on the rocks.

Mientras tanto, en el baño, se lleva a cabo la fiesta de los dedos al fondo de la garganta, que consiste en que todos los miembros de la redacción metan sus dedos al fondo de la garganta de un periodista cuyo bajón ha hecho que se venga abajo. La de gente que daría cualquier cosa por poder meter sus dedos en la garganta de un redactor!

Llega el momento de la exaltación de la amistad, en mi caso convertido en la exaltación del amor exaltado, y empiezo a confesar mi amor incondicional a todos los presentes. Todos ponen ojos como platos, uno incluso me respone: "Mi cimbrel llega hasta el suelo". Pero si algo bueno tienen las borracheras guarras como ésta es que al día siguiente todo el mundo olvida (o eso espero). Y además, es tan breve el amor y tan largo el olvido. Algo así.

En el momento de irse, no me voy. Y las consecuencias son mucho peor. Acabamos en un antro de mala muerte, sin saber ya qué estamos bebiendo, yo preguntándome qué coño hago aquí, intentando controlar la situación sin conseguirlo, intentando controlar a los demás puesto que no puedo controlarme a mí misma. Tambaleante, riéndome de un periodista de la competencia que lleva corbata, creyéndome un Teletubbie por lo de los abrazos y sobre todo porque estoy subnormal profunda.

Y a la mañana siguiente, al levantarme, me pregunto cómo ha llegado esta bufanda aquí, es una bufanda azul de canalé.

El momento de la verdad llega cuando, con toda la resaca, pones un pie en la redacción. Primero te preguntas cómo van a mirarte, tras el ridículo de anoche. Pero luego no te preguntas eso, porque la redacción está vacía. Entonces tu pregunta es: ¿cómo saldrá el diario de mañana?

Por alguna razón que no alcanzo a comprender, parece que el diario, finalmente, salió.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Me gustan los domingos (algunos)

Lo único bueno de NO emborracharse un sábado es que el sol dominguero de las terrazas del barrio no te derrite las retinas y puedes leer la prensa sin miedo a quedarte ciega. También puedes olvidar que tienes una taza entre las manos hasta que la maldita bastarda te transmite el frío de un café olvidado demasiado tiempo. Y disfrutar de ese momento mágico: estoyfelizsolayhagoloquemedalagana.

Los cirujanos no ven 'Urgencias' en su día libre (ellos se lo pierden). Ni los pasteleros cocinan una tarta para el vecino de arriba. A ningún actor se le ocurriría preparar un Hamlet para goce y disfrute de su tía-abuela Lourdes y los basureros no aprovechan sus horas de descanso para ofrecerse a limpiar la escalera del edificio.

Pero para mí es el único momento para intentar (a veces con suerte y a veces no): no escudriñar por qué hace lo que hace el enemigo, no buscar temas ocultos para futuros reportajes y no analizar los textos de compañeros de mesa para regalarles una crítica constructiva. Ponerme al otro lado y leer la prensa un domingo, en una terraza pija de la Avinguda Gaudí, infla una parte de mi cuerpo que no tenía inventariada.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Cinco briconsejos para fabricar una cómoda alcoholemia

El sarao de anoche da para muchas conclusiones:
  1. Los intelectuales son unos maleducados. Los hechos: cinco personas diferentes me pidieron fuego y se marcharon sin dar ni las gracias. Nadie respetaba la comida en mesas ajenas, aparecida allí por el divino azar. La premisa: la educación no se lee.
  2. Los intelectuales son feos. Los hechos: en toda la fiesta sólo encontramos a un señor digno de ser admirado por su físico. Pero era guiri y no pudo demostrar su inteligencia. La premisa: las gafas de pasta no embellecen.
  3. Es fácil colarse en una fiesta de intelectuales. Los hechos: en la puerta nos preguntaron: "¿venías a la fiesta?". La premisa: ante la duda, la respuesta siempre es "sí".
  4. Los camareros no son de fiar. Los hechos: cuando pronuncié la frase "no sé, ponme lo que quieras" una música de fondo anunciaba que, en el aire, se mascaba ya la tragedia. La premisa: si un barman tiene un cóctel especial con su nombre, te voltea.
  5. Observar el animalario cultureta es un placer. Los hechos: Desubicadas, Scarlet y yo decidimos sentarnos a mirar el pulular natural de la jungla. Resultó que nada era casual. La premisa: cualquiera que se te aproxime en una fiesta de intelectuales tiene un plan.

Soy una muerta de hambre


Hay fiestas y fiestas. Ayer asistí a una de escritores y editores, en el bar de uno de ellos. Siempre se ha sabido que los escritores son unos muertos de hambre y que no ganan para pipas. Pues ayer me mimeticé con el entorno (es lo que dicen que hay que hacer en las fistas) y me convertí, también, en una muerta de hambre (escritora, todavía no).

A la entrada del bar había una mesa con cazuelas y bandejas llenas de comida. El tema era: ¿lo tenía que comer con las manos? ¿O tenía que meter la cuchara directamente en la cazuela del arroz con verduras y llevármela a la boca? Lo ideal hubiera sido coger un plato y servirme un poco de arroz y pescado, agenciarme una mesa y ponerme a comer tranquilamente. Como siempre, lo ideal no se ajusta nunca a la realidad: no encontré platos limpios por ninguna parte. Peter Parker me animó a comer directamente de la cazuela. Yo, que todavía tengo algo de dignidad, me negué. Y me morí de hambre.

Sin haber comido nada, la bebida no tiene que compartir los circuitos del cuerpo con nada sólido que se interponga en su camino hacia la cabeza: el vino tenía pista libre para subir al cerebro. Peter Parker y yo (también estaba Sex Luthor, pero desapareció enseguida: estaba allí por trabajo, nos dijo) nos apalancamos en una mesa, intentando que nuestros estómagos no rugieran por encima de la música.

Con ese ánimo, vemos que los camareros sacan bandejas con comida. ¡Por fin! Eran los postres (bueno, el postre es algo que te comes después de haber cenado algo, pero en ese momento no estábamos para disquisiciones de ese tipo...). Pasó un camarero y cogimos un pastelito. Pasó otro camarero y cogimos dos pastelitos (no fuera caso que no volvieran a pasar en toda la noche). Pasó un tercer camarero y... ¡dejó la bandeja sobre nuestra mesa! Estábamos salvadas. Ese Dios en el que no creo escuchó los gritos de auxilio de nuestros estómagos.

Pero nos acechaba un nuevo peligro. La escasez de alimentos agudiza el jetismo y uno de los escritores se abalanzó sobre NUESTRA bandeja y nos la arrebató con ansia voraz para llevársela a su corrillo. Peter Parker y yo saltamos como lobas en defensa de nuestras criaturas. La bandeja volvió a su sitio y las dos pudimos salir de pie de la fiesta gracias a esos pastelitos, que contribuyeron con su azúcar, claro está, a que el vino que ingeríamos se convirtiera en sangría en nuestro estómago y ya sabemos que la sangría es el concorde de los aviones que vuelan alcohólicos con destino al cerebro.

Lo que vino a continuación fueron saludos fantasmas (tipo Cumbres borrascosas), viajes al pasado profesional, fotos que pusieron en peligro mi oreja, libros robados, abrigos que salieron del local en cuerpos que no eran el suyo, sobones de esos que insisten en rozar tus piernas con las suyas y va provocando tu desplazamiento por la pista, cócteles que provocan volteos, mensajes de móvil convertidos en guión de un culebrón patético y la búsqueda saboteada de un dibujante que, según unos testigos, llevaba una camisa de rayas y, según otros, iba de negro (seguramente los que lo vieron negro iban tan ciegos que las rayas desaparecieron...).

Ayer tuve un sarao. Y hoy tengo sueño.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

¿Y si lo que ofende no es verdad?





Dicen que la verdad ofende.

Un día estás en casa, llaman a la puerta, es la puta verdad, que sube por la escalera. Y te dice: "Gorda!". O te dice: "Vieja!". O te dice: "Cada día escribes peor". Incluso: "Deberías dejar de escribir". Y como es la verdad, te la crees.

Entonces te pones a hacer régimen. O no. Y si no lo haces, te sientes culpable, y cada día te ves más y más gorda frente al espejo, y también en el espacio que te deja el pantalón. Te consideras a ti misma una pesada. O te compras cremas para la cara y regalas tu dinero a la poderosa industria cosmética.
O dejas de escribir.

Haces caso a la verdad, porque para algo es cierta y certera. Siempre da en el centro del ego. El ego es una diana fácil; está a unos centímetros de quien dispara.
Además, la verdad tiene crédito. Es decir: que puede pagar tanto como quiera, porque la banca siempre le da más. Mucho más que a ti. Y la hijadelagran te embarga la fiabilidad, la reputación, el prestigio, la garantía... te deja hipotecada de por vida.

El problema es que, muchas veces, nadie se ha planteado siquiera si la verdad es verdadera. O sea: dicen que la verdad ofende. Y algo te ha ofendido. Por eso has creído que era verdad.

Pero eso es una falacia. Una falacia es una cosa que te enseñaban en clase de filosofía mientras tú soñabas que te enrollabas con el profesor en prácticas debajo del eucaliptus del patio y que indicaba:

Si P entonces Q
Ocurre que Q
Por lo tanto, P

P=Verdad. Q=Ofende

Si la verdad ofende
ocurre que te ofende
por lo tanto, es verdad.

Algo así. Eso responde a la lógica y yo siempre suspendí en eso, porque para mí todo es ilógico. Para empezar, la gravedad: un fenómeno que te mantiene con los pies en el suelo no puede ser tan grave.

Pero volvamos al ejemplo Pequoso: Las premisas son verdaderas sin ofender, pero la conclusión es falsa.

Una visita a Wikipedia, ese campo de falacias, dará lugar a la siguiente cosecha:
"Las falacias se usan frecuentemente en artículos de opinión en los medios de comunicación y en política".

Bueno. Sea como sea: ahí está la verdad, ofendiéndote. Porque ofende quien puede, no quien quiere. Y ella puede hacerlo, porque lo dice el dicho: La verdad ofende. Y lo dicho, dicho está.

Y claro, quién pondría en duda la verdad.

La cuestión es que tal vez no se te hayan ensanchado las caderas, sino que ha menguado tu pantalón porque lo metiste en agua caliente. Y lo que ha engordado en realidad ha sido tu ego, porque tú lo vales, y la verdad no lo puede soportar.
O tal vez no es que hayas envejecido, sino que has madurado, otra de esas características que revientan a la puta verdad.

Tal vez escribas cada día mejor. Pero eso quién va a decírtelo. Sobre todo ahora que se descubre que los españoles no saben leer.

En cualquier caso, ahí la tienes, en tu propia casa. Y sería tan fácil cerrarle en las narices. Empujarla para que caiga rodando por la escalerla. Echarla para siempre y que se muera.

Pero por alguna extraña razón, la verdad siempre tiene las puertas abiertas. Y entra.