viernes, 7 de marzo de 2008

Encuentros en la tercera fase


Mi madre va mucho de hospitales, últimamente. Y sabe mucho de encuentros en la tercera fase, porque cuando estás en los boxes de urgencias de un hospital, es como estar en el umbral... de la tercera fase. Claro, que Umbral ya traspasó a su apellido hace unos meses... Bueno, al grano. Estaba mi madre con una amiga suya en uno de los boxes, cuando le soltó, como para darle conversación:

—El otro día volví de mi pueblo, de Tararí.

Su amiga no contestó, de tan traspuesta que estaba por la medicación que le acababan de dar, pero la frase de mi madre encontró respuesta más allá... de la cortina que separaba las dos camas del box. Una voz femenina, débil, consiguió sortear la cortina con la fuerza suficiente para que mi madre oyera esto:

—Yo soy de muy cerca de Tararí, nací en Tararó.

—¡Qué casualidad! —exclama mi madre enseguida (la gente de Tararí y Tararó no suele abundar lejos de sus confines)—. Yo soy hija de Pin y de Pan. A lo mejor los conoce.

Mi madre ya se había acercado tímidamente hacia la voz, con la intención de correr la cortina y poder mantener una conversación normal. Aunque fuera a las puertas de la tercera fase.

—Claro que conozco a sus padres —respondió la voz, ahora ya con cuerpo de abuelita encogida, cabellos disgregados y mejillas hundidas—. Yo conocí sobre todo a sus abuelos, Perico y Lola. Fuimos vecinos en los pisos de la estación de tren de Matarile. Mi marido era ferroviario y su abuelo era el jefe de la estación.

—Efectivamente —dijo mi madre, que para entonces ya había conseguido situarse bien cerca de la abuelita que, desde la cama donde estaba postrada, la estaba llevando de la mano hacia su infancia.

—Yo me acuerdo mucho de su abuela Lola. Nos hicimos muy amigas, a pesar de nuestra diferencia de edad. Recuerdo que casi siempre estaba enferma, pero nunca sabía lo que tenía.

Mi bisabuela, a la que conocí y a la que siempre recordaré enseñándome a jugar a la brisca y a hacer ganchillo (lo primero me divertía mucho más), tenía diabetis, pero en los años 40 y 50 esa enfermedad ni se conocía, y andaba todo el tiempo medio mareada e indispuesta.

—Pero su pesar más grande no era que siempre se encontrara mal —continuó la abuelita—. Lola tenía otro problema. Se sentaba a mi lado, en la cocina, y empezaba a lamentarse. “Ay, ay”, me decía, “mi Perico se ha enamorado de una maestra”.

Mi madre se quedó muda —muy raro en ella—, pero se tragó su propio silencio, muy espeso y doloroso, y dijo:

—Sí, ya lo sabíamos. Pero creíamos que no lo sabía nadie más y que la familia lo estaba llevando con mucha discreción y dignidad.

Toda la dignidad con la que se puede llevar una doble vida, forzada por unos tiempos, llenos de candados, en los que la libertad sólo podía vivir dentro de las personas, sin atreverse a sacar la cabeza.

Cuando mi madre me llamó para contarme esta historia de la abuelita en el hospital, ella creía que estaba revelándome un secreto familiar, el de que mis bisabuelos nunca fueron felices y que, durante un tiempo, tuve una ‘bisabuela paralela’.

—Mamá, yo ya lo sabía. Diez años después de morirse la yaya Lola, cuando papá y tú os separásteis, soñé con ella y después de abrazarme muy fuerte y darme muchos besos, me lo contó todo.

Eso sí que fue un encuentro en la tercera fase.

2 comentarios:

Benjuí dijo...

Joder con la historia, parece sacada de un novelón del XIX o de la mente de una Isabel Allende...

KeiKei dijo...

:D el fantasmita del origamii (? yo quiero saver comos e hace (: (la historia la cago mal )